domingo
14 Septiembre 2014
Fiesta
de la Exaltación de la Santa Cruz
FIesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que al día siguiente de la dedicación de la basílica de la Resurrección, erigida sobre el Sepulcro de Cristo, es ensalzada y venerada como trofeo pascual de su victoria y signo que aparecerá en el cielo, anunciando a todos la segunda Venida.
La fiesta
del 14 de septiembre como «fiesta de la santa Cruz» es muy antigua, se remonta
al siglo IV, y está muy bien atestiguada, como veremos; sin embargo, a lo largo
del tiempo ha habido en torno a ella tradiciones diversas que se han
entremezclado y producido desplazamientos en cuanto al sentido de lo que se
festeja en la fecha. Hasta hace algunas décadas había una fiesta el 3 de mayo,
suprimida por SS Juan XXIII en 1960, llamada «Inventio Santae Crucis»,
es decir, «descubrimiento de la Santa Cruz», que rememoraba el momento en que
se encontró la auténtica cruz de Jesús (la Vera Cruz) y se expuso a la
veneración del pueblo cristiano. Sin embargo, como mostrará más tarde este
artículo, en realidad esa fiesta, propia de la Igelsia de
Occidente, era un desdoblamiento de la de septiembre, que evocaba, entre otros
aspectos, la «inventio». Por ese motivo la fiesta de septiembre
había quedado, en Occidente, para celebrar un acontecimiento posterior: la
recuperación en el 614 del relicario con los fragmentos de la Vera Cruz por el
emperador Heraclio de manos de los persas.
Parece ser, sin embargo,
que la fiesta original tampoco conmemoraba el 14 de septiembre la «inventio» propiamente dicha, sino
que era una fiesta de la Santa Cruz que, nacida en relación a las dedicaciones
de las basílicas de Tierra Santa que en la actualidad se celebran el día 13 de
septiembre, conmemoraba a la santa cruz como tal, no en relación a tal o cual
acontecimiento histórico. Como sea, cualquiera puede ver por la redacción del
actual elogio del Martirologio Romano, que se ha querido despojar esta fiesta
de su relación directa con la «inventio», y más bien la Iglesia propone celebrar en esta fecha el
signo de la Cruz no sólo aparecido en al historia hace 2000 años, sino también
como señal para todos los pueblos que presidirá escatológicamente la vuelta de
Jesús en la gloria y majestad de su Reino.
En este
artículo se han recuperado frangmentos de los
correspondientes del Butler-Guinea que antes estaban en el 14 de septiembre
cuando evocaba la recuperación del 614, y del 3 de mayo como fiesta de la «inventio». Aunque
ninguno de los dos artículos corresponde ya al sentido de la fiesta actual,
contienen material histórico de primer orden, y que ayudará a penetrar en la
densidad de la celebración que realizamos nosotros.
La fiesta del 14 de
septiembre conmemoraba originalmente la solemne dedicación, que tuvo lugar el
año 335, de las iglesias que santa Elena indujo a Constantino a
construir en el sitio del Santo Sepulcro. Por lo demás, no podemos asegurar que
la dedicación se haya celebrado, precisamente, el 14 de septiembre. Es cierto
que el acontecimiento tuvo lugar en septiembre; pero, dado que cincuenta años
después, en tiempos de la peregrina Eteria,
la conmemoración anual duraba una semana, no hay razón para preferir un día
determinado a otro. Eteria dice lo siguiente: «Así
pues, la dedicación de esas santas iglesias se celebra muy solemnemente, sobre
todo, porque la Cruz del Señor fue descubierta el mismo día. Por eso
precisamente, las susodichas santas iglesias fueron consagradas el día del
descubrimiento de la Santa Cruz para que la celebración de ambos
acontecimientos tuviese lugar en la misma fecha». De aquí parece deducirse que
en Jerusalén se celebraba en septiembre el descubrimiento de la Cruz; de hecho,
un peregrino llamado Teodosio lo afirmaba así, en el año 530.
Por lo que se refiere a los
hechos históricos del descubrimiento de la Cruz, que son los que aquí
interesan, debemos confesar que carecemos de noticias de la época. El
«Peregrino de Burdeos» no habla de la Cruz el año 333. El historiador Eusebio
de Cesarea, contemporáneo de los
hechos, de quien podríamos esperar abundantes detalles, no menciona el
descubrimiento, aunque parece no ignorar que había tres santuarios en el sitio
del Santo Sepulcro. Así pues, cuando afirma que Constantino «adornó un
santuario consagrado al emblema de salvación», podemos suponer que se refiere a
la capilla «Gólgota», en la que, según Eteria,
se conservaban las reliquias de la Cruz. San Cirilo, obispo de Jerusalén, en
las instrucciones catequéticas que dio en el año 346, en el sitio en que fue
crucificado el Salvador, menciona varias veces el madero de la Cruz, «que fue
cortado en minúsculos fragmentos, en este sitio, que fueron distribuidos por
todo el mundo». Además, en su carta a Constancio, afirma expresamente que «el
madero salvador de la Cruz fue descubierto en Jerusalén, en tiempos de
Constantino». En ninguno de estos documentos se habla de santa Elena, que murió
el año 330. Tal vez el primero que relaciona a la santa con el descubrimiento
de la Cruz sea san Ambrosio, en el sermón «De Obitu Theodosii», que predicó el año 395; pero, por la misma época y un poco
más tarde, encontramos ya numerosos testigos, como san Juan Crisóstomo, Rufino,
Paulino de Nola, Casiodoro y los historiadores de la
Iglesia, Sócrates, Sozomeno y Teodoreto. San Jerónimo, que vivíá en Jerusalén, se hacía eco
de la tradición, al relacionar a santa Elena con el descubrimiento de la Cruz.
Desgraciadamente, los testigos no están de acuerdo sobre los detalles. San
Ambrosio y san Juan Crisóstomo nos informan que las excavaciones comenzaron por
iniciativa de santa Elena y dieron por resultado el descubrimiento de tres
cruces; los mismos autores añaden que la Cruz del Señor, que estaba entre las
otras dos, fue identificada gracias al letrero que había en ella. Por otra
parte, Rufino, a quien sigue Sócrates, dice que santa Elena ordenó que se
hiciesen excavaciones en un sitio determinado por divina inspiración y que ahí,
se encontraron tres cruces y una inscripción. Como era imposible saber a cuál
de las cruces pertenecía la inscripción, Macario, el obispo de Jerusalén,
ordenó que llevasen al sitio del descubrimiento a una mujer agonizante. La
mujer tocó las tres cruces y quedó curada al contacto de la tercera, con lo
cual se pudo identificar la Cruz del Salvador. En otros documentos de la misma
época aparecen versiones diferentes sobre la curación de la mujer, el
descubrimiento de la Cruz y la disposición de los clavos, etc. En conjunto,
queda la impresión de que aquellos autores, que escribieron más de sesenta años
después de los hechos y se preocupaban, sobre todo, por los detalles
edificantes, se dejaron influenciar por ciertos documentos apócrifos que, sin
duda, estaban ya en circulación.
El más notable de dichos
documentos es el tratado «De inventione crucis dominicae», del que el decreto pseudogelasiano (c. 550) dice que se debe desconfiar. No cabe duda de que
ese pequeño tratado alcanzó gran divulgación. El autor de la primera redacción
del Liber Pontificalis (c. 532) debió manejarlo,
pues lo cita al hablar del papa Eusebio. También debieron conocerlo los
revisores del Hieronymianum, en Auxerre, en el siglo VII. Aparte
de los numerosos anacronismos del tratado, lo esencial es lo siguiente: El
emperador Constantino se hallaba en grave peligro de ser derrotado por las
hordas de bárbaros del Danubio. Entonces, presenció la aparición de una cruz muy
brillante, con una inscripción que decía: «Con este signo vencerás» («in hoc
signo vinces»). La victoria le
favoreció, en efecto. Constantino, después de ser instruido y bautizado por el
papa Eusebio en Roma, movido por el agradecimiento, envió a su madre santa
Elena a Jerusalén para buscar las reliquias de la Cruz. Los habitantes no
supieron responder a las preguntas de la santa; pero, finalmente, recurrió a
las amenazas y consiguió que un sabio judío, llamado Judas, le revelase lo que
sabía. Las excavaciones, muy profundas, dieron por resultado el descubrimiento
de tres cruces. Se identificó la verdadera Cruz, porque resucitó a un muerto.
Judas se convirtió al presenciar el milagro. El obispo de Jerusalén murió
precisamente entonces, y santa Elena eligió al recién convertido Judas, a quien
en adelante se llamó Ciríaco, para suceder al obispo.
El papa Eusebio acudió a Jerusalén para consagrarle y, poco después, una luz
muy brillante indicó el sitio en que se hallaban los clavos. Santa Elena,
después de hacer generosos regalos a los Santos Lugares y a los pobres de Jerusalén,
exhaló el último suspiro, no sin haber encargado a los fieles que celebrasen
anualmente una fiesta, el 3 de mayo («quinto Nonas Maii»), día del descubrimiento
de la Cruz. Parece que Sozomeno (lib. u, c. i) conocía ya,
antes del año 450, la leyenda del judío que reveló el sitio en que estaba
enterrada la Cruz. Dicho autor no califica a esa leyenda como pura invención,
pero la desecha como poco probable.
Otra leyenda apócrifa
aunque menos directamente relacionada con el descubrimiento de la Cruz, aparece
como una digresión, en el documento sirio llamado «La doctrina de Addai». Ahí se cuenta que, menos
de diez años después de la Ascensión del Señor, Protónica, la esposa del
emperador Claudio César, fue a Tierra Santa, obligó a los judíos a que
confesaran dónde habían escondido las cruces y reconoció la del Salvador por el
milagro que obró en su propia hija. Algunos autores pretenden que en esta
leyenda se basa la del descubrimiento de la Cruz por santa Elena, en tiempos de
Constantino. Mons. Duchesne opinaba que «La Doctrina
de Addai» era anterior al «De inventione crucis dominicae», pero hay argumentos muy
fuertes en favor de la opinión contraria. Dado el carácter tan poco
satisfactorio de los documentos, la teoría más probable es la de que se
descubrió la Santa Cruz con la inscripción, en el curso de las excavaciones que
se llevaron a cabo para construir la basílica constantiniana del Calvario. El
descubrimiento, al que siguió sin duda un período de vacilaciones y de
investigación, sobre la autenticidad de la cruz, dio probablemente origen a una
serie de rumores y conjeturas, que tomaron forma en el tratado «De inventione crucis dominicae». Es posible que la
participación de santa Elena en el suceso, se redujese simplemente a lo que
dice Eteria: «Constantino, movido por
su madre ("sub praesentia matris suae"), embelleció la
iglesia con oro, mosaicos y mármoles preciosos». La victoria se atribuye
siempre a un soberano, aunque sean los generales y los soldados quienes ganan
las batallas. Lo cierto es que, a partir de mediados del siglo IV, las
pretendidas reliquias de la Cruz se esparcieron por todo el mundo, como lo
afirma repetidas veces san Cirilo y lo prueban algunas inscripciones fechadas
en Africa y otras regiones. Todavía
más convincente es el hecho de que, a fines del mismo siglo, los peregrinos de
Jerusalén veneraban con intensa devoción el palo mayor de la Cruz. Eteria, que presenció la
ceremonia, dejó escrita una descripción de ella. En la vida de san Porfirio de
Gaza, escrita unos doce años más tarde, tenemos otro testimonio de la
veneración que se profesaba a la santa reliquia y, casi dos siglos después el
peregrino conocido con el nombre, incorrecto, de Antonino de Piacenza, nos
dice: «adoramos y besamos» el madero de la Cruz y tocamos la inscripción.
En cuanto a los hechos del
614, la tradición cuenta que, después de que el emperador Heraclio recuperó las
reliquias de la Vera Cruz de manos de los persas, que se las habían llevado
quince años antes, el propio emperador quiso cargar una cruz, como había hecho
Cristo, a través de la ciudad, con toda la pompa posible. Pero, tan pronto como
el emperador, con el madero al hombro, trató de entrar a un recinto sagrado, no
pudo hacerlo y quedó como paralizado incapaz de dar un paso. El patriarca
Zacarías, que iba a su lado, le indicó que todo aquel esplendor imperial iba en
desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo cuando iba cargado con
la cruz por las calles de Jerusalén. Entonces, el emperador se despojó de su
manto de púrpura, se quitó la corona y, con simples vestiduras, descalzo,
avanzó sin dificultad seguido por todo el pueblo, hasta dejar la cruz en el
sitio donde antes se veneraba la verdadera. Los fragmentos de ésta se
encontraban en el cofre de plata dentro del cual se los habían llevado los
persas y, cuando el patriarca y los clérigos abrieron el cofre todos veneraron
las reliquias con mucho fervor. Los escritores más antiguos siempre se refieren
a esta porción de la cruz en plural y la llaman «trozos de madera de la
verdadera cruz». Por aquel entonces, la ceremonia revistió gran solemnidad: se
hicieron acciones de gracias y las reliquias se sacaron para que los fieles
pudiesen besarlas y, se afirma, que en aquella ocasión, muchos enfermos
quedaron sanos.
Las referencias,
antiguas pero muy fundamentales, que trae el Butler-Guinea, son: Dom Leclercq en Dictionnaire d'Archéologie chrétienne et de Liturgie, vol. VI, cc. 3131-3139; Acta
Sanctorum, mayo, vol. I; Duchesne, Liber Pontificalis, vol. I, pp. CVII-CIX y
pp. 75, 167, 378; Kellner Heortology (1908), pp. 333-341; J. Straubinger, Die Kreuzauffindungslegende (1912) ; A. Halusa, Das Kreuzesholz in Geschichte und Legende (1926); H. Thurston en The Month, mayo de 1930, pp.
420-429. Posiblemente la celebraciónd e mayo comenzó en la
Galia. El Félire de Oengus y la mayoría de los
manuscritos del Hieronymianum hacen mención de la
fiesta; pero el manuscrito Epternach asigna como la fecha el 7 de mayo. Según parece, esta última
fecha se relaciona con la fiesta que se celebraba en Jerusalén y Armenia en
memoria de la cruz de fuego que apareció en el cielo el 7 de mayo del año 351,
como lo cuenta san Cirilo en una carta al emperador Constancio. Muy
probablemente la fecha del 3 de mayo proviene del tratado apócrifo De inventione crucis dominicae. La más antigua mención de
la celebración de la Santa Cruz en occidente parece ser la del leccionario de
Silos (c. 650), donde se lee: «Dies
sanctae
crucis».
Cuadro:
-Piero della Francesca: «Descubrimeinto y prueba de la Santa Cruz», hacia 1460, en la Chiesa San Francesco, en Arezzo.
Cuadro:
-Piero della Francesca: «Descubrimeinto y prueba de la Santa Cruz», hacia 1460, en la Chiesa San Francesco, en Arezzo.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston,
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