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domingo
30 Noviembre 2014
Primero
Domingo de Adviento
Hay que salir al encuentro
del Señor que se acerca; hay que hacerlo acompañado de las buenas obras. Este
es el punto central que unifica las lecturas de este primer domingo de
adviento. El Señor volverá, esto es una certeza que nace de las palabras mismas
de Cristo en el Evangelio. Sin embargo, no conocemos ni la hora ni el día de su
llegada, por eso la actitud propia del cristiano es la de una amorosa
vigilancia (EV. Más aún, ante el Señor que se avecina hay que salir a su
encuentro llenos de entusiasmo, hay que despertarse del sueño y ver que el día
está por despuntar. Así como al amanecer todo se despierta y se llena de nueva
esperanza, así la vida del cristiano es un continuo renacer a una nueva vida en
la luz. (2L). La visión del profeta Isaías (1L) resume espléndidamente la
actitud propia para este adviento: estamos invitados a salir al encuentro del
Señor que nos instruye en sus caminos. Salir a su encuentro iluminados por la
luz que irradia el amor de Dios por cada uno de nosotros los hombres.
Mensaje
doctrinal
1. La gozosa expectación por la venida del Señor. El adviento es un tiempo
muy rico en la vida de la Iglesia que desea prepararnos para el nacimiento de
Jesucristo en Belén. Nos invita a comprender el amor de Dios que se decide a
entrar en la historia humana de un modo tan humilde y misterioso. Simultáneamente,
el adviento llama nuestra atención sobre la segunda venida de Cristo al final
de los tiempos, cuando vendrá a juzgar a vivos y muertos. Este mismo Cristo que
nace de María Virgen en la pequeñez de un recién nacido, vendrá al final de los
tiempos en la majestad de su gloria para juzgarnos según nuestras obras. Este
primer domingo de Adviento subraya, sobre todo, la preparación de la segunda
venida y nos invita a estar alertas y vigilar, porque no sabemos el día, ni la
hora de la llegada.
La visión del Profeta Isaías nos presenta "el final de los días" como
una explosión gozosa de la esperanza mesiánica. Todos los pueblos, todos los
hombres están invitados a subir al monte del Señor, a la casa de Dios. Es
difícil imaginar una esperanza mesiánica en medio de los días aciagos en
tiempos del profeta, sin embargo la Palabra de Dios es eficaz y no defrauda.
Dios es fiel a sus promesas. El Señor mismo será quien nos instruirá por sus
caminos y a una época de guerra y desazón, sucederá una época de paz y
concordia. Al final de los tiempos el Señor reinará como soberano. Al final de
los tiempos vencerá el bien sobre el mal; el amor sobre el odio; la luz sobre
las tinieblas. Dios mismo será el árbitro y juez de las naciones. Maravillosa
visión del futuro que posee una garantía divina. Habrá que caminar a la luz del
Señor hacia esta patria celeste con el corazón henchido de esperanza: Venid
subamos al monte del Señor.
2. La humanidad entera camina hacia "el día del
Señor", hacia la casa de Dios. No se puede caminar de cualquier modo cuando hacia Dios
se va. No se puede seguir un camino distraído cuando al final del sendero se
nos juzgará sobre el amor. El Salmo 121 expresa adecuadamente los sentimientos
del pueblo que va al encuentro del Señor: ¡Qué alegría cuando me dijeron vamos
a la casa del Señor! Nuestro caminar, pues, será un caminar en la luz, un
caminar en el que nos revistamos de las armas de la luz. La antítesis
luz-tinieblas es una metáfora común en el Antiguo Testamento: las tinieblas son
el símbolo de la incontinencia, de la debilidad de alma, de la falta de
esperanza; el día, por el contrario, simboliza la toma de conciencia, la
posibilidad de avanzar y el inicio de una nueva situación que vendrá a culminar
en el éxito. No podemos seguir viviendo en las tinieblas del pecado de la
lujuria y desenfreno, nos repite San Pablo. Caminar en la luz es caminar en la
nueva vida que nos ofrece el Señor por la redención de nuestros pecados. Habrá
que revestirse de Cristo Jesús, en el corazón y en las obras, revestirse de
Cristo Jesús para poder caminar como en pleno día.
3. El día de su venida está cercano. Es una afirmación que
se desprende de la carta de San Pablo a los romanos: la noche está avanzada, el
día está por despuntar. Por eso, la actitud propia del cristiano es la del
centinela que espera la aurora. Como el centinela espera la aurora, así mi alma
espera al Señor. La misma certeza que tiene el vigía nocturno de que el día
llegará, la tiene el cristiano de que el Señor volverá y no tardará. Cada
momento que pasa nos acerca más al encuentro con "el sol de
justicia", con la luz indefectible", con "el día que no conoce
ocaso". Es decir, cada vez estamos más cerca de la salvación. La vigilia
que nos corresponde es una vigilia llena de esperanza, no de temores y
angustias, no de desesperación y desconcierto; sino la vigilia de la
laboriosidad como Noé en su tiempo; la vigilia de la fortaleza de ánimo en
medio de las dificultades del mundo. El verdadero peligro no se encuentra en
las dificultades y tentaciones de este mundo, sino en el vivir como si el Señor
no hubiese de venir, como si la eternidad fuese un sueño, una
quimera.
La imagen del ladrón que llega de noche a una hora inesperada influyó
poderosamente en los primeros cristianos como se deduce de los textos de Pedro
y Pablo respectivamente (2 Pt 3, 10 y 1 Ts
5,2) y creó en las primeras comunidades una gozosa espera del Señor. Sin
embargo, esta imagen no significa que el Señor viene con tono amenazante a
robar nuestras posesiones, sino más bien subraya que no tenemos certeza de la
hora en que vendrá y que, por tanto, hay que estar siempre preparados para
salir a su encuentro.
Sugerencias
pastorales
1. La belleza y el valor de la vida presente. El mundo agitado que nos
ha tocado vivir invita, no pocas veces, a la tristeza y al pesimismo. El cúmulo
de noticias de guerra, muertes, violaciones crean en el ánimo no sólo un
desencanto, sino un verdadero decaimiento anímico y espiritual. La contemplación
serena y profunda del adviento del Señor es una invitación a no dejarnos llevar
por esta tentación. Por encima de las apariencias de este mundo y de sus
miserias está la promesa y el amor de Dios, por encima de la noche obscura que
nos rodea está el amanecer de un nuevo día y una nueva esperanza. Dios no
abandona al hombre en sus tinieblas y en su obscuridad, Dios no se desentiende
de un mundo en peligro. Él mismo viene a rescatarnos porque tanto amó Dios al
mundo que envió a su Hijo Unigénito. No miremos ya más las tinieblas pues nada
bueno de ellas obtendremos, volvamos nuestra mirada al rostro de Cristo,
revistámonos en nuestro ser y en nuestras obras de Cristo el Señor. La vida
presente tiene un valor de redención, en ella vamos construyendo la parte que
nos corresponde en la obra de la salvación. Esta vida mortal es, a pesar de sus
vicisitudes y sus oscuros misterios, su sufrimiento, su fatal caducidad, un
hecho bellísimo, un prodigio siempre original y conmovedor, un acontecimiento
digno de ser cantado con gozo y con gloria: ¡la vida, la vida del hombre!
(Pablo VI).
2. Caminar en la luz. Para nosotros caminar en la luz significa vivir en gracia,
despojarnos del pecado, iniciar un camino de conversión del corazón hacia el
Padre de las misericordias. El adviento tiene también su cariz penitencial como
camino de purificación para llegar al encuentro con el niño de Belén. Los puros
de corazón verán a Dios. Acudamos pues al trono de la gracia en el sacramento
de la Penitencia y de la Eucaristía. Vivamos en la luz, armémonos de las armas
de la luz.
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