domingo
02 Noviembre
2014
Conmemoración
de todos los fieles difuntos
Muramos con Cristo, y viviremos con él
Del libro de san Ambrosio,
obispo, sobre la muerte de su hermano Sátiro
Libro 2,40. 41. 132. 133
Vemos que la muerte es una
ganancia, y la vida un sufrimiento. Por esto, dice san Pablo: Para mí la vida
es Cristo, y una ganancia el morir. Cristo, a través de la muerte corporal, se
nos convierte en espíritu de vida. Por tanto, muramos con él, y viviremos con
él.
En cierto modo, debemos
irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que
consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como
irla sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan
alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como
una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte. Porque la ley
de la carne está en oposición a la ley del espíritu e induce a ésta a la ley
del error. ¿Qué remedio hay para esto? ¿Quién me librará de este cuerpo presa
de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.
Tenemos un médico, sigamos
sus remedios. Nuestro remedio es la gracia de Cristo, y el cuerpo presa de la
muerte es nuestro propio cuerpo. Por lo tanto, emigremos del cuerpo, para no
vivir lejos del Señor; aunque vivimos en el cuerpo, no sigamos las tendencias
del cuerpo ni obremos en contra del orden natural, antes busquemos con
preferencia los dones de la gracia.
¿Qué más diremos? Con la
muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la
muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que
la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de
todos.
Hemos recibido el signo
sacramental de su muerte, anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos
reunimos para ofrecer la eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es
sacramento, su muerte es la máxima solemnidad anual que celebra el mundo.
¿Qué más podremos decir de
su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la
inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte,
ya que es causa de salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el
Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos el sufrirla.
Además, la muerte no
formaba parte de nuestra naturaleza, sino que se introdujo en ella; Dios no
instituyó la muerte desde el principio, sino que nos la dio como remedio. En
efecto, la vida del hombre, condenada, por culpa del pecado, a un duro trabajo
y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario
dar fin a estos males, de modo que la muerte resituyera lo que la vida había
perdido. La inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra
en juego la gracia.
Nuestro espíritu aspira a
abandonar las sinuosidades de esta vida y los enredos del cuerpo terrenal y
llegar a aquella asamblea celestial, a la que sólo llegan los santos, para
cantar a Dios aquella alabanza que, como nos dice la Escritura, le cantan al son
de la cítara: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos! ¿Quién no temerá,
Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque vendrán todas
las naciones y se postrarán en tu acatamiento; y también para contemplar,
Jesús, tu boda mística, cuando la esposa en medio de la aclamación de todos,
será transportada de la tierra al cielo –a ti acude todo mortal–, libre ya de
las ataduras de este mundo y unida al espíritu.
Este deseo expresaba, con
especial vehemencia, el salmista, cuando decía: Una cosa pido al Señor, eso
buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida y gozar de la
dulzura del Señor.
Oración
Escucha, Señor, nuestras
súplicas, para que, al confesar la resurrección de Jesucristo, tu Hijo, se
afiance también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán. Por
nuestro Señor Jesucristo.
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