jueves 25
Diciembre 2014
Natividad
del Señor (Misa de medianoche)
Con San Pablo exclamamos en la entrada de esta celebración: «Ya se cumple el tiempo en el que Dios envió a su Hijo a la tierra» (Gál 4,4). En la oración colecta (Veronense) pedimos al Señor Jesús que venga y no tarde, para que su venida consuele y fortalezca a los que esperan todo de su amor.
–2 Samuel 7,1-5.8-11.16: El
trono de David durará para siempre. No será David el que edifique el templo del
Señor. Pero el Señor le premia su buena intención, y le promete la perennidad
de su dinastía. Por eso el Mesías será hijo de David y su reino será eterno. En
el tierno Niño de Belén hemos de ver al fuerte y poderoso Rey divino, al Señor
del universo, al Fundador del Reino de la Verdad y de la Vida, de la santidad y
de la gracia, de la justicia del amor y de la paz.
La fe debe hacernos
contemplar la corona y el cetro que la vista corporal no alcanza a ver. El
Padre eterno decreta: «Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión» (Sal 2,6). Y
Cristo, el nuevo Rey, lo proclama ante el mundo: «El Señor me ha dicho: “Tú
eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo y te daré en herencia las
naciones y te haré dueño de todos los confines de la tierra» (7-8).
Nosotros creemos en su
reinado, nos sometemos a su imperio, nos consideramos dichosos de ser
conducidos, mandados y regidos por Él. Adoraremos al Rey en un pesebre, y lo
veneraremos en su Ascensión a la derecha del Padre, cuando diga: «Se me ha dado
todo poder sobre los cielos y sobre la tierra» (Mt 28,18). ¡Nos entregamos
totalmente a su dominio! ¡Queremos servirle, vivir y morir en su santo
servicio!
Ese reinado no se funda ni
en la carne, ni en la sangre, ni en la raza, ni en el nacimiento, ni en las
armas, ni en los ejércitos, ni en riquezas o grandes extensiones de tierra. No
se funda tampoco en las dotes naturales del hombre: en su inteligencia, en sus
ascendientes, ni en su influencia; tampoco en su cultura, en su renombre o en
su perspicacia. Solo se funda en dos cosas: en la gracia divina y en la buena
voluntad del hombre para recibir esa gracia. Abrámonos a esa gracia divina.
–Con el Salmo 88 cantamos
eternamente las misericordias del Señor. Dios prometió a David un reino para
siempre, un trono para la eternidad, y por eso su fidelidad permanece en todas
las edades. En Navidad se renueva esa alianza maravillosa en favor de todos los
hombres:
«Anunciaré Su fidelidad por
todas las edades. Porque dije: “Tu misericordia es un edificio eterno, más que
el cielo has afianzado tu fidelidad”. Sellé una alianza con mi elegido, jurando
a David, mi siervo: “Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono por
todas las edades”. Él me invocará: “Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca
salvadora”. Le mantendré eternamente mi favor, mi alianza con él será estable».
Solo en Cristo se ha realizado plenamente esta formidable promesa del Señor.
–Lucas 1,67-79: Nos
visitará el Sol que nace de lo alto. Zacarías en el Benedictus descubre la
misteriosa realidad escondida en aquellos niños, Juan y Jesús. En una hora de
inspiración inefable, es profeta que declara y anuncia las obras de Dios, a
quien alaba en el comienzo de la salvación. La fuerza de Dios se ha hecho
presente en el seno de una Virgen. El Mesías viene a dar la libertad que es
necesaria para servir a Dios con santidad y justicia. En el Mesías, el pueblo
de Dios será regido por un Rey bueno, pacífico y salvador. Juan será el
heraldo, la voz. Su grandeza está en preparar el camino del Señor, llevar al
pueblo al conocimiento del Salvador. Oigamos a San Ambrosio:
«Considera qué bueno es
Dios y qué pronto para perdonar los pecados. No solo le da a Zacarías lo que le
había quitado, sino que le otorga también lo que no esperaba. Este hombre,
después de largo tiempo mudo, profetiza; pues ésta es la máxima gracia de Dios,
que aquellos que le habían negado le rindan homenaje.
«¡Que nadie pierda, pues,
la confianza! Que nadie, con el recuerdo de sus faltas pasadas, desespere de
las recompensas divinas. Dios sabrá modificar su sentencia, si tú sabes
corregir tu falta» (Comentario Evang.
Lucas II,33).
La misericordia de Dios,
como ya había sido prometido a Abraham, ha hecho nacer de su descendencia el
Sol que ilumina los pasos de los hombres por el camino de la paz, aunque muchas
veces se obstinen en esconderse en las tinieblas del error y del pecado. «La
luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la admitieron. Él vino a los
suyos, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,5.11). Oigamos a San Juan
Crisóstomo, que nos exhorta a recibir a Cristo:
«Él se nos ofrece para
todo. Y así nos dice: “si quieres embellecerte, toma mi hermosura. Si quieres
amarte, mis armas. Si vestirte, mis vestidos. Si alimentarte, mi mesa. Si
caminar, mi camino. Si heredar, mis heredades. Si entrar en la patria, yo soy el
arquitecto de la ciudad...
«“Y no te pido pago alguno
por lo que te doy, sino que yo mismo quiero ser tu deudor, por el mero hecho de
que quieras recibir todo lo mío. Yo soy para ti padre, hermano, esposo; yo soy
casa, alimento, vestido, raíz, fundamento, todo cuanto quieras soy yo; no te
veas necesitado y carente de algo. Incluso yo te serviré, porque vine “para
servir, y no para ser servido” (Mt 20,28). Yo soy amigo, hermano, hermana,
madre; todo lo soy para ti, y solo quiero contigo intimidad. Yo soy pobre por
ti, mendigo para ti, crucificado por ti, sepultado por ti. En el cielo estoy
por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo lo eres
para mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres? ¿Por qué
rechazas al que te ama y trabajas en cambio para el mundo, echándolo todo en
saco roto?”» (Homilía 76 sobre Evg.
Mateo).
Dejémosle al Salvador nacer
de nuevo en nuestros corazones. El hombre de buena voluntad, que hoy abre su
corazón a la verdad y al bien, el que está dispuesto a recibir sencillamente y
con rectitud la verdad y a practicar el bien, alcanzará la amistad de Cristo y
la posesión del reino de Dios. ¡Tan amplios y universales y, al mismo tiempo,
tan sencillos son sus fundamentos! Dejemos que el Sol que nace de lo alto
ilumine nuestras tinieblas. Sometámonos al reinado de Cristo. En él
encontraremos la verdad, la paz y la vida.
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