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Evangelio según San Mateo 13,47-53.
El Reino de
los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de
peces.
Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose,
recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
Así sucederá al fin
del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos,
para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de
dientes.
¿Comprendieron todo esto?". "Sí", le respondieron.
Entonces
agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece
a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo".
Cuando
Jesús terminó estas parábolas se alejó de allí
Extraído de la
Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del
Evangelio por :
Benedicto XVI, papa de 2005 a 2013
Encíclica « Spe
Salvi », 45-46
Con la muerte, la opción de vida
hecha por el hombre se hace definitiva –su vida está delante del Juez. La opción
que a lo largo de la vida ha ido tomando una forma concreta, puede tener
diversas características. Puede haber personas que han destruido totalmente en
ellas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor, personas en las
cuales todo se ha hecho mentira, personas que han vivido para el odio y que en
ellas mismas han pisoteado el amor. Es una terrible perspectiva pero ciertos
personajes de nuestra historia dejan entrever, de manera espantosa, la
existencia de perfiles de esta clase. En semejantes individuos ya no habría
posible remedio para nada y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es
lo que se quiere indicar con la palabra «infierno».
Por otra parte,
puede haber personas muy puras, que se han dejado penetrar enteramente por Dios
y que, por consiguiente, están totalmente abiertas al prójimo; personas que ya
desde ahora han dejado que su ser esté totalmente orientado a Dios y el mero
hecho de ir hacia él es tan sólo el cumplimiento de lo que ya son.
Sin
embargo, y según nuestras experiencias, ni un caso ni otro son los normales en
la existencia humana. En la mayoría de los hombres –como lo podemos suponer- una
última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios, permanece presente en lo
más profundo de su ser. Pero en las opciones concretas de la vida, su opción ha
quedado desde siempre recubierta con nuevos pactos con el mal... ¿Qué ocurre con
estos individuos cuando se presentan ante el Juez? ¿Acaso todas las cosas sucias
que han ido acumulando a lo largo de su vida, de repente se volverán
insignificantes?... En la primera carta a los Corintios, san Pablo nos da una
idea del diferente impacto que será el juicio de Dios sobre el hombre según su
estado... «Encima del cimiento ya puesto se puede edificar con oro, plata,
piedras preciosas o con madera, heno o paja: lo que ha hecho cada uno saldrá a
la luz; el día del juicio lo manifestará; porque ese día despuntará con fuego, y
el fuego pondrá a prueba la calidad de cada construcción. Aquél, cuya obra,
construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. Más aquél, cuya
obra quede abrasada, sufrirá el daño. El, no obstante, quedará a salvo, pero
como quien pasa a través del fuego» (3,12-15).
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