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Evangelio según San Mateo 14,1-12.
En aquel
tiempo, la fama de Jesús llegó a oídos del tetrarca Herodes,
y él dijo a sus
allegados: "Este es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos, y por
eso se manifiestan en él poderes milagrosos".
Herodes, en efecto, había
hecho arrestar, encadenar y encarcelar a Juan, a causa de Herodías, la mujer de
su hermano Felipe,
porque Juan le decía: "No te es lícito tenerla".
Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan
un profeta.
El día en que Herodes festejaba su cumpleaños, la hija de
Herodías bailó en público, y le agradó tanto a Herodes
que prometió bajo
juramento darle lo que pidiera.
Instigada por su madre, ella dijo: "Tráeme
aquí sobre una bandeja la cabeza de Juan el Bautista".
El rey se
entristeció, pero a causa de su juramento y por los convidados, ordenó que se la
dieran
y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
Su cabeza fue llevada
sobre una bandeja y entregada a la joven, y esta la presentó a su madre.
Los
discípulos de Juan recogieron el cadáver, lo sepultaron y después fueron a
informar a Jesús.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de
Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Pedro
Damián (1007-1072), benedictino, obispo de Ostia, doctor de la Iglesia
Sermones 24-25; ; PL 144, 857
Juan fue Precursor de Cristo por su
nacimiento, por su predicación, por su bautismo y por su muerte... ¿Se puede
encontrar una sola virtud, un género de santidad, que el Precursor no haya
tenido en su más alto grado? Entre los santos ermitaños ¿cuál se ha impuesto
jamás por regla no comer otra cosa que miel silvestre o esa comida incomible:
los saltamontes? Algunos renuncian al mundo y huyen de los hombres para vivir
santamente, pero Juan es todavía un niño... cuando se adentra en el desierto y
escoge, resueltamente, habitar en la soledad. Renuncia al derecho de sucesión
del sacerdocio de su padre para poder anunciar, con toda libertad, al verdadero
y soberano Sacerdote. Los profetas han anunciado por adelantado la venida del
Salvador, los apóstoles y los demás que enseñan en la Iglesia dan testimonio de
que esta venida realmente tuvo lugar, pero Juan lo muestra ya presente entre los
hombres. Son muchos los que han guardado virginidad y no han manchado la
blancura de sus vestidos (cf Ap 14,4), pero Juan renuncia a toda compañía humana
a fin de arrancar las apetencias de la carne hasta sus mismas raíces, y, lleno
de fervor espiritual, habita entre las bestias salvajes.
Juan, en el
centro del coro escarlata de los mártires, incluso lo preside como maestro de
todos: combatió valientemente y murió por la verdad. Llegó a ser el jefe de
todos los que combaten por Cristo, y fue el primero de todos a ir a plantar en
el cielo el estandarte triunfal del mártir.
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