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Evangelio según San Lucas 9,28b-36.
Unos ocho
días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la
montaña para orar.
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus
vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.
Y dos hombres
conversaban con él: eran Moisés y Elías,
que aparecían revestidos de gloria
y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.
Pedro y
sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la
gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras estos se
alejaban, Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres
carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". El no sabía lo que
decía.
Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en
ella, los discípulos se llenaron de temor.
Desde la nube se oyó entonces una
voz que decía: "Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo".
Y cuando se oyó la
voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no
dijeron a nadie lo que habían visto.
Extraído de la Biblia:
Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San León I el Magno (?- c.461),papa y doctor de la Iglesia
Sermones
51, 2-6
Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan,
su hermano, y los llevó a una montaña alta donde les mostró su gloria. Porque,
aunque hubiesen comprendido que la majestad de Dios moraba en su persona,
ignoraban, no obstante, que su cuerpo, que servía de velo a su divinidad,
participaba del poder de Dios. Por esto, el Señor había prometido claramente,
pocos días antes, que algunos de entre sus discípulos no verían la muerte antes
de ver al Hijo del Hombre venir en poder, es decir, en el esplendor de su gloria
que convenía especialmente a la naturaleza humana que él había asumido...
Esta transfiguración, en primer lugar tenía por finalidad alejar del
corazón de los discípulos el escándalo de la cruz, para que la humildad de la
pasión voluntariamente aceptada, no turbara la fe de aquellos que habrían visto
la grandeza de la dignidad escondida. Pero, por la misma previsión, la
transfiguración establecía en la Iglesia de Jesús la esperanza que la debería
sostener, de manera que los miembros de Cristo comprendieran el cambio que se
habría de realizar un día en ellos, y que están llamados a gozar de la gloria
que habían visto brillar en su cabeza, Cristo.
Por esto, el Señor mismo
había dicho, hablando de la majestad de su venida: “Entonces los justos
brillarán como el sol en el reino de su Padre.” (Mt 13, 43) Y el apóstol afirma
lo mismo cuando dice: “Entiendo, por lo demás, que los padecimientos del tiempo
presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará.” (Rm
8,18) Y en otro lugar: “Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo
en Dios; cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros
apareceréis gloriosos con él.” (Col 3,3-4)
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