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martes 20 Mayo
2014
Martes de
la quinta semana de Pascua
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Evangelio
según San Juan 14,27-31a.
Jesús dijo a sus
discípulos:
«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se
inquieten ni teman !
Me han oído decir: 'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de
que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes
crean.
Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este
mundo: él nada puede hacer contra mí,
pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha
ordenado.»
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de
Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Juan XXIII (1881-1963), papa
Encíclica «Pacem in Terris»
«La paz os
dejo, mi paz os doy»
Pertenece a todo creyente ser, en el mundo de hoy, un destello luminoso, un
foco de amor y fermento para toda la masa (Mt 5,14; 13,33). Cada uno lo será
según la medida de su unión con Dios. La paz no reinará entre los hombres si no
reina primero en cada uno de ellos, si cada uno no guarda en sí mismo el orden
querido por Dios... En efecto, se trata de una empresa demasiado sublime y
demasiado elevada para que su realización dependa del poder del hombre dejado a
sus solas fuerzas, aunque, por otra parte, tenga la más laudable buena
voluntad. Para que la sociedad humana pueda llegar a ser la imagen más perfecta
del reino de Dios, es absolutamente necesario el auxilio de lo
alto...
Cristo, por su Pasión y por su muerte venció el pecado –fuente y principio de
todas las divisiones, de todas las miserias y de todos los desequilibrios...
«Porque él es nuestra paz... Él, que vino a anunciaros la paz a vosotros que
estabais lejos, y la paz a los que estaban cerca» (Ef 2,14s). En la sagrada liturgia de estos días resuena este
mismo anuncio: «Cristo resucitado presentándose en medio de sus discípulos, los
saludó diciendo: La paz sea con vosotros. Aleluya. Y los discípulos se gozaron
al ver al Señor» (cf Jn 20, 19s). Cristo
nos ha traído la paz, nos ha dejado la paz: «La paz os dejo, mi paz os doy. No
la doy como la da el mundo».
Pidamos, pues, con instantes súplicas al Redentor, esta paz que él mismo nos
trajo. Que él borre de los hombres todo lo que pueda poner en peligro esta paz
y transforme a todos en testigos de la verdad, de la justicia y del amor
fraterno. Que ilumine con su luz la mente de los que gobiernan las naciones...
Que Cristo encienda las voluntades de todos para echar por tierra las barreras
que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua
caridad, para fomentar la mutua comprensión, en fin para perdonar los agravios.
Así, bajo su acción y amparo, todos los pueblos se aúnen como hermanos y
florezca entre ellos y reine siempre la anhelada paz.
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