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Evangelio según San Marcos 6,30-34.
Los Apóstoles
se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
El
les dijo: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco".
Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer.
Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto.
Al verlos
partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a
aquel lugar y llegaron antes que ellos.
Al desembarcar, Jesús vio una gran
muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y
estuvo enseñándoles largo rato.
Extraído de la Biblia, Libro del
Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Cesareo de Arles (470-543), monje, obispo
Sermón 25,1; CCL
103,11-112 (trad. breviario, lunes XVII ordinario)
“Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia” (Mt. 5,7). Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy
amados; y si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma?...
Hermanos míos, ya que todos deseamos la misericordia actuemos de manera que ella
llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el
futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la
misericordia terrena: Dice, en efecto, la Escritura: “Señor, tu misericordia
llega al cielo”. (Sal 35,6 Vulg)
Existe, pues, una misericordia
terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La
que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia
divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la
misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la
misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frió y
hambre en la persona de todos los pobres como dijo él mismo: “Cada vez que lo
hicisteis con unos de éstos, mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis”(Mt.
25,40). El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la
tierra.
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