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FEBRERO _01 _
Evangelio según San Marcos 4,26-34.
Y decía: "El
Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra:
sea que
duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin
que él sepa cómo.
La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una
espiga, y al fin grano abundante en la espiga.
Cuando el fruto está a punto,
él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha".
También decía: "¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola
nos servirá para representarlo?
Se parece a un grano de mostaza. Cuando se
la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra,
pero, una
vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y
extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra".
Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en
que ellos podían comprender.
No les hablaba sino en parábolas, pero a sus
propios discípulos, en privado, les explicaba todo.
Extraído de
la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del
Evangelio por :
Beato John Henry Newman (1801-1890), teólogo, fundador
del Oratorio en Inglaterra
Sermón “El Mundo Invisible” PPS, vol. 4, n°13
Tal es el Reino escondido por Dios: lo mismo que ahora está
escondido, así será revelado en el momento deseado. Los hombres creen que ellos
son los dueños del mundo y que ellos pueden hacer lo que quieren... Actualmente,
en apariencia "todo permanece igual que en el comienzo", y los sátiros reclaman:
"¿dónde está pues la promesa de su venida?" (2P 3,4) Pero en el tiempo marcado,
habrá una "manifestación de los hijos de Dios", y los justos "resplandecerán
como el sol en el reino de su Padre" (Rm 8,19; Mt 13,43).
Cuando los
ángeles se aparecieron a los pastores, fue una aparición súbita... La noche
parecía igual a cualquier otra noche, como la noche en que Jacob tuvo su visión
que también parecía igual a otra noche (Gn 28,11s). Los pastores velaban sobre
sus rebaños, contemplaban cómo fluía la noche, las estrellas seguían su carrera,
era medianoche; no pensaban en una cosa igual cuándo el ángel se les apareció.
Tales son el poder y la virtud escondidas en lo visible; son manifestadas cuando
Dios lo quiere...
¿Quién podría concebir, dos o tres meses antes de
la primavera, que la cara de la naturaleza que parecía muerta pueda volver a ser
tan espléndida y tan variada?... Lo mismo ocurre para esta primavera eterna que
esperan todos los cristianos; vendrá, aunque tarde. Esperémoslo, porque
"ciertamente vendrá, no tardará en venir" (He 10,37). Por eso decimos cada día:
"que venga tu reino", lo que quiere decir: "Señor, muéstrate, manifiéstate, tú
que estás sentado en medio de los querubines. Resplandece; despierta tu poder y
ven a salvarnos" (Sal. 79,2-3). La tierra que vemos no nos satisface; es sólo un
comienzo, es sólo una promesa de un más allá. Hasta en su máximo esplendor,
cubierta por todas sus flores, cuando muestra de modo más sorprendente lo que
esconde, esto no nos basta. Sabemos que hay en ella más cosas que no vemos... Lo
que vemos es sólo la corteza exterior de un reino eterno. Sobre este reino es
donde fijamos los ojos de nuestra fe.
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