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Evangelio según San Marcos 11,27-33.
Volvieron a
Jerusalén, y mientras Jesús estaba caminando por el Templo, se le acercaron los
jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y las autoridades judías,
y
le preguntaron: «¿Con qué derecho has actuado de esa forma? ¿Quién te ha
autorizado a hacer lo que haces?»
Jesús les contestó: «Les voy a hacer yo a
ustedes una sola pregunta, y si me contestan, les diré con qué derecho hago lo
que hago. Háblenme
del bautismo de Juan. Este asunto ¿venía de Dios o era
cosa de los hombres?
Ellos comentaron entre sí: «Si decimos que este asunto
era obra de Dios, nos dirá: Entonces, ¿por qué no le creyeron?»
Pero tampoco
podían decir delante del pueblo que era cosa de hombres, porque todos
consideraban a Juan como un profeta.
Por eso respondieron a Jesús: «No lo
sabemos.» Y Jesús les contestó: «Entonces tampoco yo les diré con qué autoridad
hago estas cosas.»
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Atanasio
(295-373), obispo de Alejandría, doctor de la Iglesia
Discurso contra los
arrianos, 2, 78-79 (trad. breviario martes 6ª semana. rev.)
La Sabiduría unigénita y personal de Dios es creadora y hacedora de
todas las cosas. Todo -dice en efecto el salmo– lo hiciste con sabiduría, y
también: La tierra está llena de tus criaturas. Pues, para que las cosas creadas
no sólo existieran, sino que también existieran debidamente, quiso Dios
acomodarse a ellas por su Sabiduría, imprimiendo en todas ellas en conjunto y en
cada una en particular cierta similitud e imagen de sí mismo, con lo cual se
hiciese patente que las cosas creadas están embellecidas con la Sabiduría y que
las obras de Dios son dignas de él.
Porque, del mismo modo que nuestra
palabra es imagen de la Palabra, que es el Hijo de Dios, así también la
sabiduría creada es también imagen de esta misma Palabra, que se identifica con
la Sabiduría; y así, por nuestra facultad de saber y entender, nos hacemos
idóneos para recibir la Sabiduría creadora y, mediante ella, podemos conocer a
su Padre. Pues, quien posee al Hijo –posee también al Padre, dice la Escritura–
y El que me recibe, recibe al que me ha enviado (Mt 10,40)...
Mas, como,
en la sabiduría de Dios, según antes hemos explicado, el mundo no lo conoció por
el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación,
para salvar a los creyentes. Porque Dios no quiso ya ser conocido, como en
tiempos anteriores, a través de la imagen y sombra de la sabiduría existente en
las cosas creadas, sino que quiso que la auténtica Sabiduría tomara carne, se
hiciera hombre y padeciese la muerte de cruz, para que, en adelante, todos los
creyentes pudieran salvarse por la fe en ella.
Se trata, en efecto, de
la misma Sabiduría de Dios, que antes, por su imagen impresa en las cosas
creadas... se daba a conocer a sí misma y, por medio de ella, daba a conocer a
su Padre. Pero, después esta misma Sabiduría, que es también la Palabra, se hizo
carne, como dice san Juan (1,14), y, habiendo destruido la muerte y liberado
nuestra raza, se reveló con más claridad a sí misma y, a través de sí misma,
reveló al Padre; de ahí aquellas palabras suyas: Haz que te conozcan a ti, único
Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17,3).
De este modo, toda
la tierra está llena de su conocimiento. En efecto, uno solo es el conocimiento
del Padre a través del Hijo, y del Hijo por el Padre; uno solo es el gozo del
Padre y el deleite del Hijo en el Padre, según aquellas palabras: yo era su
encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia.
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