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Evangelio según San Mateo 5,43-48.
Ustedes han
oído que se dijo:
«Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu
enemigo.»
Pero yo les digo:
Amen a sus enemigos y recen por sus
perseguidores,para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos.
Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre
justos y pecadores.Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito
tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen.Y si saludan sólo a sus
amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así.Por su
parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en
el Cielo.
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Santa Teresa del
Niño Jesús (1873-1897), carmelita descalza, doctora de la Iglesia
Manuscrito
autobiográfico C 13 v°-14 r°
Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de desagradarme
en
todo. Sus modales, sus palabras, su carácter me resultan sumamente
desagradables. Sin embargo, es una santa religiosa, que debe de ser
sumamente agradable a Dios.
Entonces, para no ceder a la
antipatía natural que experimentaba,
me dije a mí misma que la caridad no
debía consistir en simples
sentimientos, sino en obras, y me dediqué a
portarme con esa hermana como
lo hubiera hecho con la persona a quien más
quiero. Cada vez que la
encontraba, pedía a Dios por ella, ofreciéndole
todas sus virtudes y sus
méritos.
Sabía muy bien que esto le
gustaba a Jesús, pues no hay artista a
quien no le guste recibir alabanzas
por sus obras. Y a Jesús, el Artista
de las almas, tiene que gustarle
enormemente que no nos detengamos en lo
exterior, sino que penetremos en el
santuario íntimo que él se ha
escogido por morada y admiremos su belleza.
No me conformaba con rezar mucho por esa hermana que era para mí
motivo de tanta lucha. Trataba de prestarle todos los servicios que podía;
y cuando sentía la tentación de contestarle de manera desagradable, me
limitaba a dirigirle la más encantadora de mis sonrisas y procuraba
cambiar de conversación.
Con frecuencia también… como tenía que
mantener relaciones con
esta hermana a causa del oficio, cuando mis combates
interiores eran
demasiado fuertes, huía como un desertor.
Como ella
ignoraba por completo lo que yo sentía hacia su persona, nunca
sospechó los
motivos de mi conducta, y vive convencida de que su carácter
me resultaba
agradable.
Un día, en la recreación, me dijo con aire muy satisfecho más o
menos
estas palabras: “¿Querría decirme, hermana Teresa del Niño Jesús,
qué es lo que la atrae tanto en mi? Siempre que me mira, la veo
sonreír”. ¡Ay!, lo que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de
su
alma... Jesús, que hace dulce hasta lo más amargo...
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