martes, 18 de junio de 2013

_junio 18, 2,013

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Evangelio según San Mateo 5,43-48.

Ustedes han oído que se dijo: 

«Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo.»

Pero yo les digo: 

Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores,para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores.Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen.Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así.Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo.




Extraído de la Biblia Latinoamericana. 



Leer el comentario del Evangelio por : 

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), carmelita descalza, doctora de la Iglesia 
Manuscrito autobiográfico C 13 v°-14 r° 


El amor a los enemigos

    Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de desagradarme en 
todo. Sus modales, sus palabras, su carácter me resultan sumamente 
desagradables. Sin embargo, es una santa religiosa, que debe de ser 
sumamente agradable a Dios. 

    Entonces, para no ceder a la antipatía natural que experimentaba, 
me dije a mí misma que la caridad no debía consistir en simples 
sentimientos, sino en obras, y me dediqué a portarme con esa hermana como 
lo hubiera hecho con la persona a quien más quiero. Cada vez que la 
encontraba, pedía a Dios por ella, ofreciéndole todas sus virtudes y sus 
méritos. 

    Sabía muy bien que esto le gustaba a Jesús, pues no hay artista a 
quien no le guste recibir alabanzas por sus obras. Y a Jesús, el Artista 
de las almas, tiene que gustarle enormemente que no nos detengamos en lo 
exterior, sino que penetremos en el santuario íntimo que él se ha 
escogido por morada y admiremos su belleza. 

    No me conformaba con rezar mucho por esa hermana que era para mí 
motivo de tanta lucha. Trataba de prestarle todos los servicios que podía; 
y cuando sentía la tentación de contestarle de manera desagradable, me 
limitaba a dirigirle la más encantadora de mis sonrisas y procuraba 
cambiar de conversación. 

    Con frecuencia también… como tenía que mantener relaciones con 
esta hermana a causa del oficio, cuando mis combates interiores eran 
demasiado fuertes, huía como un desertor. 
Como ella ignoraba por completo lo que yo sentía hacia su persona, nunca 
sospechó los motivos de mi conducta, y vive convencida de que su carácter 
me resultaba agradable. 
Un día, en la recreación, me dijo con aire muy satisfecho más o menos 
estas palabras: “¿Querría decirme, hermana Teresa del Niño Jesús, 
qué es lo que la atrae tanto en mi? Siempre que me mira, la veo 
sonreír”. ¡Ay!, lo que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de 
su alma... Jesús, que hace dulce hasta lo más amargo...







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