Evangelio según San Mateo 10,7-13.
A lo largo
del camino proclamen: ¡El Reino de los Cielos está ahora cerca!
Sanen
enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos y echen los demonios. Ustedes lo
recibieron sin pagar, denlo sin cobrar.
No lleven oro, plata o monedas en el
cinturón.
Nada de provisiones para el viaje, o vestidos de repuesto; no
lleven bastón ni sandalias, porque el que trabaja se merece el alimento.
En
todo pueblo o aldea en que entren, busquen alguna persona que valga, y quédense
en su casa hasta que se vayan.
Al entrar en la casa, deséenle la paz.
Si
esta familia la merece, recibirá vuestra paz; y si no la merece, la bendición
volverá a ustedes.
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Concilio Vaticano
II
Constitución sobre la Iglesia “Lumen gentium”, § 35 (trad. © copyright
Librería Editrice Vaticana)
Cristo, el gran Profeta, que proclamó el reino del Padre con el
testimonio de la vida y con el poder de la palabra, cumple su misión
profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través
de
la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su poder, sino también
por medio
de los laicos, a quienes, consiguientemente, constituye en
testigos y les
dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cf.
Hch 2, 17-18; Ap
19, 10) para que la virtud del Evangelio brille en la vida
diaria, familiar
y social. Se manifiestan como hijos de la promesa en la
medida en que,
fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el tiempo
presente (Ef 5, 16;
Col 4, 5) y esperan con paciencia la gloria futura (cf.
Rm 8, 25)… Tal
evangelización, es decir, el anuncio de Cristo pregonado
por el testimonio
de la vida y por la palabra, adquiere una característica
específica y una
eficacia singular por el hecho de que se lleva a cabo en
las condiciones
comunes del mundo.
En esta tarea resalta el gran valor de aquel estado
de vida santificado
por un especial sacramento, a saber, la vida matrimonial
y familiar. En
ella el apostolado de los laicos halla una ocasión de
ejercicio y una
escuela preclara si la religión cristiana penetra toda la
organización de
la vida y la transforma más cada día. Aquí los cónyuges
tienen su
propia vocación: el ser mutuamente y para sus hijos testigos de la
fe y
del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto
las
presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida
bienaventurada. De tal manera, con su ejemplo y su testimonio arguye al
mundo de pecado e ilumina a los que buscan la verdad.
Por consiguiente,
los laicos, incluso cuando están ocupados en los
cuidados temporales, pueden
y deben desplegar una actividad muy valiosa en
orden a la evangelización del
mundo.
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