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Evangelio según San Marcos 12,1-12.
Jesús
entonces les dirigió estas parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de
una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una casa para el celador. La
alquiló después a unos trabajadores y se marchó al extranjero.
A su debido
tiempo envió a un sirviente para pedir a los viñadores la parte de los frutos
que le correspondían.
Pero ellos lo tomaron, lo apalearon y lo despacharon
con las manos vacías.
Envió de nuevo a otro servidor, y a éste lo hirieron en
la cabeza y lo insultaron.
Mandó a un tercero, y a éste lo mataron. Y envió a
muchos otros, pero a unos los hirieron y a otros los mataron.
Todavía le
quedaba uno: ése era su hijo muy querido. Lo mandó por último, pensando: «A mi
hijo lo respetarán.»
Pero los viñadores se dijeron entre sí: «Este es el
heredero, la viña será para él; matémosle y así nos quedaremos con la
propiedad.»
Tomaron al hijo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la
viña.
Ahora bien, ¿qué va a hacer el dueño de la viña? Vendrá, matará a esos
trabajadores y entregará la viña a otros.»
Y Jesús añadió: «¿No han leído el
pasaje de la Escritura que dice: La piedra que rechazaron los constructores ha
llegado a ser la piedra principal del edificio.
Esta es la obra del Señor, y
nos dejó maravillados?»
Los jefes querían apresar a Jesús, pero tuvieron
miedo al pueblo; habían entendido muy bien que la parábola se refería a ellos.
Lo dejaron allí y se fueron.
Extraído de la Biblia
Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Basilio (c 330-379), monje y obispo de Cesarea en Capadocia, doctor
de la Iglesia
Grandes Reglas monásticas, § 2
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Gn 1,26), lo honró con
el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón, por encima de los demás seres
vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del paraíso y lo
constituyó, finalmente, rey de toda la creación. Después, aunque el hombre cayó
en el pecado, engañado por la serpiente, y, por el pecado, en la muerte y en las
miserias que acompañan al pecado, a pesar de ello, Dios no lo abandonó; al
contrario, le dio primero la ley, para que le sirviese de ayuda, lo puso bajo la
custodia y vigilancia de los ángeles, le envió a los profetas, para que le
echasen en cara sus pecados y le mostrasen el camino del bien... La bondad del
Señor no nos dejó abandonados y, aunque nuestra insensatez nos llevó a
despreciar sus honores, no se extinguió su amor por nosotros, a pesar de
habernos mostrado rebeldes para con nuestro bienhechor; por el contrario, fuimos
rescatados de la muerte y restituidos a la vida por el mismo nuestro Señor
Jesucristo; y la manera como lo hizo es lo que más excita nuestra admiración. En
efecto, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios
al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo (Ef. 2,6-7).
Más aún, soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, fue
traspasado por nuestras rebeliones, sus cicatrices nos curaron (Is 53,4-5);
además, nos rescató de la maldición, haciéndose por nosotros un maldito (Ga
3,13), y sufrió la muerte más ignominiosa para llevarnos a una vida gloriosa. Y
no se contentó con volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los
hizo también partícipes de su divinidad y les preparó un descanso eterno y una
felicidad que supera toda imaginación humana. ¿Cómo pagaremos, pues, al Señor
todo el bien que nos ha hecho? (Sal. 115, 12) Es tan bueno que la única paga que
exige es que lo amemos por todo lo que nos ha dado.
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