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Sábado 01 Marzo 2014
Sábado de la séptima semana del tiempo ordinario
Ver el comentario abajo
Evangelio según San Marcos 10,13-16.
Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero
los discípulos los reprendieron.
Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: "Dejen que los
niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a
los que son como ellos.
Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un
niño, no entrará en él".
Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), carmelita descalza,
doctora de la Iglesia
Manuscrito Autobiográfico C, 2 v°-3 r°
“Dejad que los niños se acerquen a mí”
Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa.
Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos
y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en
el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de
desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos
irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la
santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con
todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un
caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.
Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya
el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un
ascensor la suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor
para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura
escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio
del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de
Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí (Pr 9,4).
Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que
buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que
responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como
una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y
sobre mis rodillas os meceré (Is 66,13). Nunca palabras más tiernas ni más
melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son
tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que
seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más. Tú, Dios mío, has
rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus misericordias (Sal. 88,2 Vulg).
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