Domingo 13 Abril 2014
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
Fiesta de la Iglesia: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
- Año A
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Papa Francisco: “Hosanna ¡Bendito el que viene como rey, en
nombre del Señor! Bendito sea el reino que viene” (Mc 11,9s)
Evangelio según San Mateo 26,3-5.14-75.27,1-66.
Unos días antes de la fiesta de Pascua, los sumos sacerdotes y
los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado
Caifás,
y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y
darle muerte.
Pero decían: "No lo hagamos durante la fiesta, para que
no se produzca un tumulto en el pueblo".
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a
los sumos sacerdotes
y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y
resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para
entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar
a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?".
El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal
persona, y díganle: 'El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la
Pascua en tu casa con mis discípulos'".
Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la
Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce
y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno
de ustedes me entregará".
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por
uno: "¿Seré yo, Señor?".
El respondió: "El que acaba de servirse de la misma
fuente que yo, ese me va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de
aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber
nacido!".
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo,
Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo
partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo:
"Beban todos de ella,
porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se
derrama por muchos para la remisión de los pecados.
Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la
vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi
Padre".
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de
los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se
van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y
se dispersarán las ovejas del rebaño.
Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a
Galilea".
Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se
escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás".
Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche,
antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces".
Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te
negaré". Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada
Getsemaní, les dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar".
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo,
comenzó a entristecerse y a angustiarse.
Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de
muerte. Quédense aquí, velando conmigo".
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando
así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no
se haga mi voluntad, sino la tuya".
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró
durmiendo. Jesús dijo a Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse
despiertos conmigo, ni siquiera una hora?
Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque
el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil".
Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no
puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad".
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos
se cerraban de sueño.
Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo
las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora
pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a
ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a
entregar".
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los
Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos
sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien
voy a besar. Deténganlo".
Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud,
Maestro", y lo besó.
Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!".
Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron.
Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al
servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro
mata a hierro muere.
¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría
inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles.
Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las
cuales debe suceder así?".
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un
ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me
sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron".
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los
profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del
Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.
Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote;
entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso
testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte;
pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado
numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos
que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el
Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'".
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No
respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?".
Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te
conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de
Dios".
Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro
que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del
Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo".
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
"Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de
oír la blasfemia.
¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la
muerte".
Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo
golpeaban,
diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos
quién te golpeó".
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una
sirvienta se acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el
Galileo".
Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que
quieres decir".
Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a
los que estaban allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el
Nazareno".
Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a
ese hombre".
Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y
le dijeron: "Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te
traiciona".
Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a
ese hombre. En seguida cantó el gallo,
y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho:
"Antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Y saliendo, lloró
amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del
pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús.
Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el
gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido
condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los
sumos sacerdotes y a los ancianos,
diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente".
Ellos respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo".
Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se
ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: "No
está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre".
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado
"del alfarero", para sepultar a los extranjeros.
Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy "Campo de
sangre".
Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos
recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a
quien pusieron precio los israelitas.
Con el dinero se compró el "Campo del alfarero",
como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó:
"¿Tú eres el rey de los judíos?". El respondió: "Tú lo
dices".
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no
respondió nada.
Pilato le dijo: "¿No oyes todo lo que declaran contra
ti?".
Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy
admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad
a un preso, a elección del pueblo.
Había entonces uno famoso, llamado Barrabás.
Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: "¿A quién
quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?".
El sabía bien que lo habían entregado por envidia.
Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó
decir: "No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa,
tuve un sueño que me hizo sufrir mucho".
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos
convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de
Jesús.
Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó:
"¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?". Ellos
respondieron: "A Barrabás".
Pilato continuó: "¿Y qué haré con Jesús, llamado el
Mesías?". Todos respondieron: "¡Que sea crucificado!".
El insistió: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos
gritaban cada vez más fuerte: "¡Que sea crucificado!".
Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto,
Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo:
"Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes".
Y todo el pueblo respondió: "Que su sangre caiga sobre
nosotros y sobre nuestros hijos".
Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús,
después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y
reunieron a toda la guardia alrededor de él.
Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su
cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de
él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los judíos".
Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la
cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le
pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.
Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado
Simón, y lo obligaron a llevar la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa
"lugar del Cráneo",
le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso
tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras
y se las repartieron;
y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su
condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos".
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno
a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo
vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la
cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los
escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:
"¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es
rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.
Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que
él dijo: "Yo soy Hijo de Dios".
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas
cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz:
"Elí, Elí, lemá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?".
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron:
"Está llamando a Elías".
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó
en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene
a salvarlo".
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su
espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba
abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron
y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían
muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron
en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el
terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron:
"¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!".
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las
mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de
Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José,
que también se había hecho discípulo de Jesús,
y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato
ordenó que se lo entregaran.
Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia
y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en
la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se
fue.
María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al
sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la
Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron
ante Pilato,
diciéndole: "Señor, nosotros nos hemos acordado de que
ese impostor, cuando aún vivía, dijo: 'A los tres días resucitaré'.
Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no
sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: '¡Ha
resucitado!'. Este último engaño sería peor que el primero".
Pilato les respondió: "Ahí tienen la guardia, vayan y
aseguren la vigilancia como lo crean conveniente".
Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando
la piedra y dejando allí la guardia.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Papa Francisco
Homilía del 24/03/2013 (trad. © copyright Librería Editrice
Vaticana)
“Hosanna ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!
Bendito sea el reino que viene” (Mc 11,9s)
Jesús entra en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos lo
acompaña festivamente… La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la
hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo:
montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un
ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que
tiene el sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que
dice: Éste es el Salvador.
Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores
reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra
para ser azotado, insultado y ultrajado…; entra para recibir una corona de
espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra
para subir al Calvario cargando un madero…, Jesús entra en Jerusalén para morir
en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su
trono regio es el madero de la cruz…
¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la
suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo
lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos
a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras,
violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed
de dinero… Amor al dinero, al poder, la corrupción, las divisiones, los
crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también –cada uno lo
sabe y lo conoce– nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto
a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente todo el peso
del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su
resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la
cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a
la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho
él aquel día de su muerte.
OOOOOOOOOOOOOOOO
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