Martes 28 Enero 2014
Martes de la tercera semana del tiempo ordinario
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Papa Francisco: "El que hace la voluntad de Dios, ese es
mi hermano, mi hermana y mi madre".
Evangelio según San Marcos 3,31-35.
Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose
afuera, lo mandaron llamar.
La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron:
"Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera".
El les respondió: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis
hermanos?".
Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados
alrededor de él, dijo: "Estos son mi madre y mis hermanos.
Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi
hermana y mi madre".
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Papa Francisco
Encíclica “Lumen fidei / La Luz de la fe”, § 58 (trad. ©
Libreria Editrice Vaticana)
"El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi
hermana y mi madre".
En la parábola del sembrador, san Lucas nos ha dejado estas
palabras con las que Jesús explica el significado de la «tierra buena»: «Son
los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan
fruto con perseverancia» (Lc 8,15). En el contexto del Evangelio de Lucas, la
mención del corazón noble y generoso, que escucha y guarda la Palabra, es un
retrato implícito de la fe de la Virgen María. El mismo evangelista habla de la
memoria de María, que conservaba en su corazón todo lo que escuchaba y veía, de
modo que la Palabra diese fruto en su vida. La Madre del Señor es icono
perfecto de la fe, como dice santa Isabel: «Bienaventurada la que ha creído»
(Lc1,45)
En María, Hija de Sión, se cumple la larga historia de fe del
Antiguo Testamento, que incluye la historia de tantas mujeres fieles,
comenzando por Sara, mujeres que, junto a los patriarcas, fueron testigos del
cumplimiento de las promesas de Dios y del surgimiento de la vida nueva. En la
plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios fue dirigida a María, y ella la
acogió con todo su ser, en su corazón, para que tomase carne en ella y naciese
como luz para los hombres… En la Madre de Jesús, la fe ha dado su mejor fruto,
y cuando nuestra vida espiritual da fruto, nos llenamos de alegría, que es el
signo más evidente de la grandeza de la fe. En su vida, María ha realizado la
peregrinación de la fe, siguiendo a su Hijo (Vaticano II, LG 58). Así, en
María, el camino de fe del Antiguo Testamento es asumido en el seguimiento de
Jesús y se deja transformar por él, entrando a formar parte de la mirada única
del Hijo de Dios encarnado.
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