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Evangelio según San Lucas 24,1-12.
El primer día
de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que
habían preparado.
Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro
y
entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
Mientras estaban
desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras
deslumbrantes.
Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar
la vista del suelo, ellos les preguntaron: "¿Por qué buscan entre los muertos al
que está vivo?
No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía
cuando aún estaba en Galilea:
'Es necesario que el Hijo del hombre sea
entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al
tercer día'".
Y las mujeres recordaron sus palabras.
Cuando regresaron
del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás.
Eran María
Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las
acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles,
pero a ellos les pareció
que deliraban y no les creyeron.
Pedro, sin embargo, se levantó y corrió
hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó
lleno de admiración por lo que había sucedido.
Extraído de la
Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del
Evangelio por :
Cardenal Joseph Ratzinger [Benedicto XVI, papa desde
2005 a 2013]
Homilía del 07/04/2012 (trad. © copyright Libreria Editrice
Vaticana)
En la Vigilia Pascual, la Iglesia comienza escuchando ante todo
la primera frase de la historia de la creación: “Dijo Dios: 'Que exista la luz”
(Gn 1,3). Como una señal, el relato de la creación inicia con la creación de la
luz... El que Dios haya creado la luz significa que Dios creó el mundo como
un espacio de conocimiento y de verdad, espacio para el encuentro y la libertad,
espacio del bien y del amor. La materia prima del mundo es buena, el ser es
bueno en sí mismo. Y el mal no proviene del ser, que es creado por Dios, sino
que existe sólo en virtud de la negación. Es el “no”.
En Pascua, en
la mañana del primer día de la semana, Dios vuelve a decir: “Que exista la luz”.
Antes había venido la noche del Monte de los Olivos, el eclipse solar de la
pasión y muerte de Jesús (Mt 27,45), la noche del sepulcro. Pero ahora vuelve a
ser el primer día, comienza la creación totalmente nueva. “Que exista la luz”,
dice Dios, “y existió la luz”. Jesús resucita del sepulcro. La vida es más
fuerte que la muerte. El bien es más fuerte que el mal. El amor es más fuerte
que el odio. La verdad es más fuerte que la mentira. La oscuridad de los días
pasados se disipa cuando Jesús resurge de la tumba y se hace él mismo luz pura
de Dios.
Pero esto no se refiere solamente a Él, ni se refiere
únicamente a la oscuridad de aquellos días. Con la resurrección de Jesús, la luz
misma vuelve a ser creada. Él nos lleva a todos tras él a la vida nueva de la
resurrección, y vence toda forma de oscuridad. Él es el nuevo día de Dios, que
vale para todos nosotros. Pero, ¿cómo puede suceder esto? ¿Cómo puede llegar
todo esto a nosotros sin que se quede sólo en palabras sino que sea una realidad
en la que estamos inmersos? Por el sacramento del bautismo y la profesión de la
fe, el Señor ha construido un puente para nosotros, a través del cual el nuevo
día viene a nosotros.
En el bautismo, el Señor dice a aquel que lo
recibe: ... “que exista la luz”. El nuevo día, el día de la vida indestructible
llega también para nosotros. Cristo nos toma de la mano. A partir de ahora él te
apoyará y así entrarás en la luz, en la vida verdadera.
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