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Evangelio según San Juan 6,22-29.
Al día
siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago se dio cuenta que
allí no había habido más que una barca y que Jesús no había subido con sus
discípulos en la barca, sino que éstos se habían ido solos.
Mientras tanto
algunas lanchas de Tiberíades habían atracado muy cerca del lugar donde todos
habían comido el pan.
Al ver que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, la
gente subió a las lanchas y se dirigieron a Cafarnaúm en busca de Jesús.
Al
encontrarlo al otro lado del lago, le preguntaron: «Rabbí (Maestro), ¿cómo has
venido aquí?»
Jesús les contestó: «En verdad les digo: Ustedes me buscan, no
porque han visto a través de los signos, sino porque han comido pan hasta
saciarse.
Trabajen, no por el alimento de un día, sino por el alimento que
permanece y da vida eterna. Este se lo dará el Hijo del hombre; él ha sido
marcado con el sello del Padre.»
Entonces le preguntaron: «¿Qué tenemos que
hacer para trabajar en las obras de Dios?»
Jesús respondió: «La obra de Dios
es ésta: creer en aquel que Dios ha enviado.»
Extraído de la
Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Juan Crisóstomo (345-407), sacerdote en Antioquía, después obispo de
Constantinopla, doctor de la Iglesia
Homilías sobre el evangelio de Mateo,
n° 82, 5; PG 58, 743
Los judíos en Pascua, comían de pie, con las sandalias puestas y
los bastones en las manos, con prisa (Éxodo 12,11). ¡Qué razón más fuerte puede
mantenerte despierto! Ellos estaban alistándose para partir hacia la Tierra
Prometida y se comportaban como viajeros; y tú, tú vas camino al cielo. Es por
eso que siempre debemos permanecer en guardia... Los enemigos de Cristo han
golpeado su santísimo cuerpo sin saber lo que hacían (Lucas 23,34); y tú, ¡tú lo
recibirás en tu alma impura después de tanta generosidad! Porque Él no se
conformó con hacerse hombre, ser flagelado y condenado a muerte: en su amor,
quiso unirse aún más a nosotros, identificarse con nosotros no solamente por
medio de la fe, sino realmente por la participación de su propio
cuerpo...
Considera el gran honor que recibes, y a qué mesa estás
siendo invitado. Aquel al que los ángeles miran y a la vez tiemblan, aquel al
que no se atreven a mirar sin miedo, a causa del resplandor de la gloria que
irradia su rostro, nosotros lo convertimos en nuestro alimento y nos unimos en
comunión a Él, un solo cuerpo, una sola carne. “¿Quién hablará de las proezas
del Señor, quién proclamará todas sus alabanzas?” (Salmo 105,2). ¿Qué pastor
nunca ha alimentado a sus ovejas con su propia carne?... A menudo sucede que las
madres les confían a nodrizas sus hijos. Cristo no es así: Él nos alimenta con
su propia sangre, nos convierte con Él en un solo cuerpo.
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