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Evangelio según San Juan 6,30-35.
Le dijeron:
«¿Qué puedes ha cer? ¿Qué señal milagrosa haces tú, para que la veamos y creamos
en ti? ¿Cuál es tu obra?
Nuestros antepasados comieron el maná en el
desierto, según dice la Escritura: Se les dio a comer pan del cielo.»
Jesús
contestó: «En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es
mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo.
El pan que Dios da es
Aquel que baja del cielo y que da vida al mundo.»
Ellos dijeron: «Señor,
danos siempre de ese pan.»
Jesús les dijo: «Yo soy el pan de vida. El que
viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá
sed.
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer
el comentario del Evangelio por :
Beato Juan van Ruysbroeck (1293-1381),
canónigo regular
Como primer signo de amor, Jesús nos ha dado su carne como
comida, su sangre como bebida. Es una cosa inaudita que exige de nosotros
admiración y estupor. Lo propio del amor es dar siempre y recibir siempre. Ahora
bien, el amor de Jesús es a la vez pródigo y ávido. Todo lo que tiene, todo lo
que es, lo da. Todo lo que tenemos, todo lo que somos, él lo
asume.
Tiene un hambre infinita... Cuanto más nuestro amor le deja
actuar, más ampliamente gustaremos de él. Tiene un hambre inmensa, insaciable.
Sabe bien que somos pobres, pero no lo tiene en cuenta. Se hace pan él mismo
dentro de nosotros, haciendo desaparecer primero, por su amor, vicios, faltas y
pecados. Luego, cuando nos ve purificados, llega, ávido, para asumir nuestra
vida y cambiarla en la suya, la nuestra llena de pecados, la suya llena de
gracia y de gloria, preparada para nosotros, con tal de que renunciemos...Todos
los que aman, me comprenderán. Nos da a experimentar un hambre y una sed
eternas.
A esta hambre, a esta sed nos da en alimento su cuerpo y su
sangre. Cuando los recibimos con devoción interior, su sangre llena de calor y
de gloria corre desde Dios hasta nuestras venas. El fuego prende en el fondo de
nosotros y el gusto espiritual nos penetra el alma y el cuerpo, el gusto y el
deseo. Nos hace semejantes a sus virtudes: él vive en nosotros y nosotros en él.
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