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Evangelio según San Juan 14,21-26.
El que guarda
mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí
será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.»
Judas,
no el Iscariote, le preguntó: «Señor, ¿por qué hablas de mostrarte a nosotros y
no al mun do?»
Jesús le respondió: «Si al guien me ama, guardará mis
palabras, y mi Padre lo amará. En ton ces vendremos a él para poner nuestra
morada en él.
El que no me ama no guarda mis palabras; pero el mensaje que
escuchan no es mío, sino del Padre que me ha enviado.
Les he dicho todo esto
mientras estaba con ustedes.
En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que
el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les
recordará todo lo que yo les he dicho.
Extraído de la Biblia
Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Beato Juan van Ruysbroeck (1293-1381), canónigo regular
La Bodas
espirituales, III
La vida contemplativa es la vida del cielo... En efecto, gracias
al amor de unión con Dios, el hombre traspasa su ser de criatura, para descubrir
y saborear la opulencia y las delicias que el mismo Dios es y que deja que
fluyan sin cesar en lo más escondido del ser humano, allí donde éste es
semejante a la nobleza de Dios. Cuando el hombre recogido y contemplativo llega
así a encontrar su imagen eterna, y cuando, en esta nitidez, gracias al Hijo,
encuentra su lugar en el seno del Padre, es iluminado por la verdad
divina...
Porque es preciso saber que el Padre celestial, abismo
viviente, a través de las obras y con todo lo que vive en él, se gira hacia su
Hijo como hacia su eterna Sabiduría (Pr 8,22s); y esta misma Sabiduría, con todo
lo que vive en ella y a través de sus obras, se refleja en el Padre, es decir,
en este abismo del cual ella ha salido. De este encuentro brota la tercera
Persona, la que es entre el Padre y el Hijo, es decir, el Espíritu Santo, su
común amor, que es uno con ellos en unidad de naturaleza. Este amor abraza y
atraviesa con fruición al Padre, al Hijo y a todo lo que vive en ellos, y esto
con una opulencia y un gozo tal que todas las criaturas quedan absortas en un
silencio eterno. Porque la maravilla inaccesible, escondida en este amor,
sobrepasará eternamente a la comprensión de toda criatura.
Cuando
reconocemos esta maravilla y la saboreamos sin asombro, es señal de que nuestro
espíritu se encuentra más allá de sí mismo y que se hace uno con el Espíritu de
Dios, saboreando y contemplando sin medida, igual que Dios saborea y contempla
su propia riqueza en la unidad de su profundidad viviente, según su modo de ser
increado... Este delicioso encuentro, que se realiza en nosotros según el modo
de Dios, se renueva constantemente... Porque de la misma manera que el Padre
mira sin cesar todas las cosas como nuevas en su nacimiento en su Hijo, son de
la misma forma amadas de manera nueva por el Padre y por el Hijo en el constante
fluir del Santo Espíritu. Este es el encuentro del Padre y del Hijo en el cual
somos amorosamente abrazados, gracias al Santo Espíritu, en un amor eterno.
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