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Evangelio según San Juan 10,1-10.
«En verdad les digo: el que no entra por la puerta en el corral de
las ovejas, sino que salta por algún otro lado, ése es un ladrón y un
salteador.
El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
El
cuidador le abre y las ovejas escuchan su voz; llama por su nombre a cada una de
sus ovejas y las saca fuera.
Cuando ha sacado todas sus ovejas, empieza a
caminar delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz.
A
otro no lo seguirían, sino que huirían de él, porque no conocen la voz de los
extraños.»
Jesús usó esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les
quería decir.
Jesús, pues, tomó de nuevo la palabra: En verdad les digo que
yo soy la puerta de las ovejas.
Todos los que han venido eran ladrones y
malhechores, y las ovejas no les hicieron caso.
Yo soy la puerta: el que
entre por mí estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará alimento.
El
ladrón sólo viene a robar, matar y destruir, mientras que yo he venido para que
tengan vida y la tengan en plenitud.
Extraído de la Biblia
Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Beato John Henry Newman (1801-1890), teólogo, fundador del Oratorio en
Inglaterra
Sermon “El Pastor de nuestras almas”, PPS, t. 8, n° 6
“Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque
estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9,36)... Las
ovejas estaban dispersas porque no tenían pastor... Así estaba el mundo entero
cuando Cristo, en su infinita misericordia, llegó a él “para reunir en unidad a
los hijos dispersos de Dios” (Juan 11,52). Y si, por un momento, de nuevo
quedaron sin guía, cuando en su lucha contra el enemigo el Buen Pastor dio su
vida por sus ovejas - según la profecía: “¡Hiere al pastor, que se dispersen las
ovejas (...)!” (Za 13,7) – sin embargo, pronto, Éste resucitó de entre los
muertos para vivir por siempre, según esta otra profecía: “El que dispersó a
Israel lo reunirá y lo guardará como un pastor a su rebaño” (Jeremías
31,10).
Como él mismo dijo en la parábola que nos propuso, “Y una a
una llama a sus ovejas por su nombre, y camina delante de ellas. Cuando ha
sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque
conocen su voz”. Así, el día de su resurrección, como María lloraba, Él la llamó
por su nombre (Juan 20,16), y ella se dio la vuelta y reconoció, al oírlo a
aquel que no había reconocido al verlo. De igual modo le dijo a Simón Pedro:
“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”, y agregó: “Soy yo” (Juan 21,15.19). Del mismo
modo, él y su ángel le dijeron a las mujeres: “Él les espera en Galilea”; “Id,
avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. (Mateo 28,7.10).
Desde aquel momento, el Buen Pastor, que ocupó el sitio de sus ovejas y murió
para que ellas pudieran vivir por siempre, las espera y ellas “siguen al Cordero
a dondequiera que vaya” (Apocalipsis 14,4).
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