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Evangelio según San Lucas 1,39-56.
Por entonces
María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los
cerros de Judá.
Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Al oír
Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu
Santo
y exclamó en alta voz: «¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el
fruto de tu vientre!
¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi
Señor?
Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis
entrañas.
¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del
Señor!»
María dijo entonces: Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y mi
espíritu se alegra en Dios mi Salvador,
porque se fijó en su humilde esclava,
y desde ahora todas las generaciones me llamarán feliz.
El Poderoso ha hecho
grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!
Muestra su misericordia siglo tras
siglo a todos aquellos que viven en su presencia.
Dio un golpe con todo su
poder: deshizo a los soberbios y sus planes.
Derribó a los poderosos de sus
tronos y exaltó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos y despidió
a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su siervo, se acordó de
su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a sus
descendientes para siempre.
María se quedó unos tres meses con Isabel, y
después volvió a su casa.
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Josémaria
Escriva de Balaguer (1902-1975), sacerdote, fundador
Homilía del 04/05/1957,
Es Cristo que pasa
Cristo nos urge (cf 2Co 5,14). Cada uno de vosotros ha de ser no sólo
apóstol, sino apóstol de apóstoles, que arrastre a otros, que mueva a los demás
para que también ellos den a conocer a Jesucristo. Quizás alguno se pregunte
cómo, de qué manera puede dar este conocimiento a las gentes. Y os respondo: con
naturalidad, con sencillez, viviendo como vivís en medio del mundo, entregados a
vuestro trabajo profesional y al cuidado de vuestra familia...la vida ordinaria
puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea
corriente, porque ahí está también la perfección cristiana. Considerémoslo una
vez más, contemplando la vida de María.
No olvidemos que la casi
totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una
manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en
cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del
hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como
intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención
hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de
parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto
amor de Dios!
Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un
amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de
estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina.
Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que
se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo
y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en
las que Dios ha querido que vivamos.
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