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Evangelio según San Juan 15,1-8.
«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador.
Toda rama que no da fruto en mí la corta.
Y todo sarmiento
que da fruto lo limpia para que dé más fruto.
Ustedes ya están limpios gracias a la palabra que les he
anunciado,
pero permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes.
Un
sarmiento no puede producir fruto por sí mismo si no permanece unido a la vid;
tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí.
Yo soy la vid y ustedes los sarmientos.
El que permanece en
mí y yo en él, ése da mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran y se seca; como a los
sarmientos, que los amontonan, se echan al fuego y se queman.
Mientras ustedes permanezcan en mí y mis palabras
permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán.
Mi Padre es glorificado cuando ustedes producen abundantes
frutos:
entonces pasan a ser discípulos míos.
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Isaac de la Estrella (¿- c.1171), monje cisterciense
Sermón 16, primero para el 7º domingo de Pascua, § 5-8; SC
130
La parábola de la viña
Confieso que tengo
todo el respeto por la explicación que ve en la parábola de la viña (Mateo
20,15) a la Iglesia universal, la viña de Cristo.
Los sarmientos de los
cristianos, el agricultor y padre de familia, el Padre celestial, el día sin
ocaso o la vida del hombre, las horas, las edades del mundo o la persona
humana, el lugar de la actividad humana misma.
Sin embargo, personalmente,
me gusta considerar mi alma y también mi cuerpo, es decir, toda mi persona como
una viña. No debo de abandonarla sino trabajarla, cultivarla para que no la
ahoguen los brotes o raíces extraños, ni se vea agobiada por los propios brotes
naturales.
Tengo que podarla para que no se forme demasiada madera, cortarla
para que dé más fruto.
Sin falta tengo que rodearla de una valla para que no la
pisoteen los viandantes y para que el jabalí no la devore. (cf Sal 79,14) Tengo
que cultivarla con mucho cuidado para que el vino no degenere en algo extraño,
incapaz de alegrar a Dios y a los hombres o incluso entristecerlos.
Tengo que
protegerla con mucha atención, para que el fruto que con tanto trabajo se
cultiva no sea robado furtivamente por los que en secreto devoran a los pobres
(Hab 3,14). De la misma manera que el primer hombre recibió en el paraíso, su
viña, la orden de trabajarla y de guardarla, yo tengo que cultivar mi viña (Gn
2,15).
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