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Evangelio según San Juan 14,23-29.
Jesús le
respondió:
«Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará.
Entonces vendremos a él para poner nuestra morada en él.
El que no me ama no
guarda mis palabras; pero el mensaje que escuchan no es mío, sino del Padre que
me ha enviado.
Les he dicho todo esto mientras estaba con ustedes.
En
adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi
Nombre,
les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he
dicho.
Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la
que da el mundo.
Que no haya en ustedes angustia ni miedo.
Sa ben que les
dije: Me voy, pero volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya
al Padre, pues el Padre es más grande que yo.
Les he dicho estas cosas aho
ra, antes de que sucedan, para que cuando sucedan ustedes
crean.
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Beato Juan Pablo
II (1920-2005), papa
Encíclica “Dominum et vivificantem”, § 24 (trad. ©
Libreria Editrice Vaticana)
Cristo, que “había entregado el espíritu en la cruz” (Jn 19,30)
como Hijo del hombre y Cordero de Dios, una vez resucitado va donde los
apóstoles para “soplar sobre ellos” (Jn 20,22)... La venida del Señor llena de
gozo a los presentes: “Su tristeza se convierte en gozo” (cf Jn 16,20), como ya
había prometido antes de su pasión. Y sobre todo se verifica el principal
anuncio del discurso de despedida: Cristo resucitado, como si preparara una
nueva creación, “trae” el Espíritu Santo a los apóstoles. Lo trae a costa de su
“partida”; les da este Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión:
“les mostró las manos y el costado”. En virtud de esta crucifixión les dice:
“Recibid el Espíritu Santo”.
Se establece así una relación
profunda entre el envío del Hijo y el del Espíritu Santo. No se da el envío del
Espíritu Santo (después del pecado original) sin la Cruz y la Resurrección: “Si
no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7). Se establece también
una relación íntima entre la misión del Espíritu Santo y la del Hijo en la
Redención. La misión del Hijo, en cierto modo, encuentra su “cumplimiento” en la
Redención: “Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (Jn 16,15). La
Redención es realizada totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y
actuado con el poder del Espíritu Santo, ofreciéndose finalmente en sacrificio
supremo sobre el madero de la Cruz. Y esta Redención, al mismo tiempo, es
realizada constantemente en los corazones y en las conciencias humanas —en la
historia del mundo— por el Espíritu Santo, que es el “otro Paráclito” (Jn
14,16).
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