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Evangelio según San Lucas 24,46-53.
Jesús dijo a
sus discípulos:
«Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su
resurrección de entre los muertos al tercer día.
Luego debe proclamarse en su
nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén,
y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se
conviertan.
Ustedes son testigos de todo esto.
Ahora yo voy a enviar sobre
ustedes lo que mi Padre prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad hasta que sean
revestidos de la fuerza que viene de arriba.»
Jesús los llevó hasta cerca de
Betania y, levantando las manos, los bendijo.
Y mientras los bendecía, se
separó de ellos (y fue llevado al cielo.
Ellos se postraron ante él.) Después
volvieron llenos de gozo a Jerusalén,
y continuamente estaban en el Templo
alabando a Dios.
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Beato John Henry
Newman (1801-1890), teólogo, fundador del Oratorio en Inglaterra
Sermón “La
presencia espiritual de Cristo en la Iglesia”, PPS, t. 6, n°10
La vuelta de Cristo a su Padre es a la vez fuente de pena, porque
implica su ausencia, y fuente de alegría, porque implica su presencia. De la
doctrina de su Ressurección y de su Ascensión brotan estas paradojas cristianas
a menudo mencionadas en la Escritura: estamos afligidos, pero siempre alegres, "
pobres, pero que enriquecen a muchos " (2Co 6,10).
Tal es en efecto
nuestra condición presente: perdimos a Cristo y lo encontramos; no lo vemos y
sin embargo lo percibimos. “Estrechamos sus pies” (Mt 28,9), pero Él nos dice: "
no me retengas " (Jn 20,17). ¿Cómo esto? El caso es que perdimos la percepción
sensible y consciente de su persona; no podemos mirarlo, oírlo, hablar con él,
seguirlo de lugar en lugar; pero gozamos espiritualmente, immaterialmente,
interiormente, mentalmente y realmente de su vista y de su posesión: una
posesión más efectiva y presente que aquella de la que los apóstoles gozaban en
los días de su carne, justamente porque es espiritual, justamente porque es
invisible.
Sabemos que en este mundo cuanto un objeto está más cerca,
menos podemos percibirlo y comprenderlo. Cristo está tan cerca de nosotros en la
Iglesia cristiana, llegando a decir, que no podemos fijar en Él la mirada o
distinguirlo. Entra en nosotros, y toma posesión de la herencia que adquirió. No
se nos presenta, sino que nos toma con él. Nos hace sus miembros... No lo vemos;
Conocemos su presencia sólo por la fe, porque está por encima de nosotros y en
nosotros. Así, estamos afligidos, porque no somos conscientes de su
presencia..., y nos regocijamos porque sabemos que lo poseemos: " sin haberlo
visto, le amáis, y sin contemplarlo todavía, creéis en él, y así os alegráis con
un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación
de vuestras almas " (1P 1,8-9).
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