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Evangelio según San Marcos 9,30-37.
Se marcharon
de allí y se desplazaban por Galilea. Jesús quería que nadie lo
supiera,
porque iba enseñando a sus discípulos. Y les decía:
«El Hijo del
Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo harán morir, pero tres
días después de su muerte resucitará.»
De todos modos los discípulos no
entendían lo que les hablaba, y tenían miedo de preguntarle qué quería
decir.
Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, Jesús les preguntó:
«¿De qué
venían discutiendo por el camino?»
Ellos se quedaron callados, pues habían
discutido entre sí sobre quién era el más importante de todos.
Entonces se
sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Si alguno quiere ser el primero, que se
haga el último y el servidor de todos.»
Después tomó a un niño, lo puso en
medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
«El que recibe a un niño como éste en
mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe, no me recibe a mí, sino al que me
ha enviado.»
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Agustín
(354-430), obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia
Sermón
para la consagración de un obispo, Guelferbytanus n°32; PLS 2, 637
Aquel que gobierna al pueblo debe entender ante todo que él es el
servidor de todos. No debe desdeñar su servicio... ya que el Señor de los
Señores (1Tim 6,15) nunca desdeñó ponerse a nuestro servicio.
Esta
impureza de la carne que se vislumbra entre los discípulos de Cristo como un
deseo de grandeza; el humo del orgullo que les nublaba la vista. De hecho,
podemos leer: “Una disputa surge entre ellos para saber quién era el más grande”
(Lucas 22,24). Pero el Señor sanador estaba ahí; él reprimió sus ínfulas... Él
les mostró el ejemplo de humildad en un niño... Porque el orgullo es un gran
mal, el primer mal, el origen de todo pecado...
Por ello el apóstol
Pablo recomienda, entre otras virtudes de los responsables de la Iglesia, la
humildad (1Timoteo 3,6)... Cuando el Señor hablaba del ejemplo del niño: “El que
quiera ser el más grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mateo
20,26)... Les hablo como obispo y mis advertencias me dan miedo a mí mismo...
Cristo vino a la tierra “no para ser servido, sino para servir, y dar su vida
para saldar la deuda de una multitud” (Marcos 10,45). Así fue como él sirvió,
así es el tipo de servidor que nos ordena ser. Él dio su vida, él nos redimió.
¿Quién entre nosotros puede redimir a alguien más? Nos redimió de la muerte con
su muerte, con su sangre. A nosotros que estábamos dispersos por la tierra, él
nos levantó con su humildad. Pero nosotros también debemos poner de nuestra
parte para sus miembros, porque nosotros fuimos hechos sus miembros. Él es la
cabeza, nosotros el cuerpo (Efesios 1,22). Y el apóstol Juan nos exhorta a
imitarlo: “Cristo dio su vida por nosotros; nosotros también debemos dar nuestra
vida por nuestros hermanos” (1Juan 3,16).
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