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Evangelio según San Marcos 10,46-52
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Llegaron a
Jericó. Al salir Jesús de allí con sus discípulos y con bastante más gente, un
ciego que pedía limosna se encontraba a la orilla del camino. Se llamaba
Bartimeo (hijo de Timeo).
Al enterarse de que era Jesús de Nazaret el que
pasaba, empezó a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!»
Muchas
personas trataban de hacerlo callar. Pero él gritaba con más fuerza: «¡Hijo de
David, ten compasión de mí!»
Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo.» Llamaron,
pues, al ciego diciéndole: «Vamos, levántate, que te está llamando.»
Y él,
arrojando su manto, se puso en pie de un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le
preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego respondió: «Maestro, que
vea.»
Entonces Jesús le dijo: «Puedes irte, tu fe te ha salvado.» Y al
instante pudo ver y siguió a Jesús por el camino.
Extraído de la
Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Guillermo de San Teodorico (c 1085-1148), monje benedictino y después
cisterciense
La contemplación de Dios, 1- 2
“¡Venid! Subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, y
nos enseñará sus caminos” (Is 2,3). Vosotros, las intenciones, deseos intensos,
voluntad y pensamientos, afectos y todas las energías del corazón, venid,
escalemos el monte, lleguémonos al lugar donde el Señor ve y se hace ver. Pero
vosotros, preocupaciones, solicitaciones e inquietudes, trabajos y servidumbres,
esperadnos aquí... hasta que, apresurándonos hacia este lugar, regresemos junto
a vosotros después de haber adorado (cf Gn 22, 5). Porque será necesario
regresar, y desgraciadamente, demasiado pronto.
Señor, Dios de mi fuerza,
vuélvenos hacia ti, “restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79,20).
Pero, Señor, ¡cuán prematuro, temerario, presuntuoso, contrario a la norma dada
por la palabra de tu verdad y de tu sabiduría, es pretender ver a Dios con
corazón impuro! Oh bondad soberana, bien supremo, guía de corazones, luz de
nuestros ojos interiores, por tu bondad, Señor, ten piedad.
¡He aquí mi
purificación, mi confianza y mi justicia: la contemplación de tu bondad, Señor
bondadoso! Tú, Dios mío, dices a mi alma como solo tú lo sabes hacer: “Tu
salvación soy yo” (Sal 34,3). Rabboni, maestro y aleccionador soberano, tú, el
único doctor capaz de hacerme ver lo que deseo ver, di a este ciego mendigo:
“¿Qué quieres que haga por ti?” Y tú, que me das esta gracia, sabes bien..., con
qué fuerza mi corazón exclama: “¡Te he buscado, Señor; buscaré siempre tu
rostro! No me escondas tu rostro” (Sal 26,8).
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