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Evangelio según San Juan 17,20-26.
No ruego sólo
por éstos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su
palabra.
Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que
ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has
enviado.
Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como
nosotros somos uno:
yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en
la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a
ellos como tú me amas a mí.
Padre, ya que me los has dado, quiero que estén
conmigo donde yo estoy y que contemplen la Gloria que tú ya me das, porque me
amabas antes que comenzara el mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido,
pero yo te conocía, y éstos a su vez han conocido que tú me has enviado.
Yo
les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el
amor con que tú me amas esté en ellos y también yo esté en
ellos.»
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Beato Juan Pablo
II (1920-2005), papa
Encíclica “Ut unum sint”, 22-23 (trad. copyright ©
Librería Editrice Vaticana)
En el camino ecuménico hacia la unidad, la primacía corresponde
sin duda a la oración común... Si los cristianos, a pesar de sus divisiones,
saben unirse cada vez más en oración común en torno a Cristo, crecerá en ellos
la conciencia de que es menos lo que los divide que lo que los une. Si se
encuentran más frecuente y asiduamente delante de Cristo en la oración, hallarán
fuerza para afrontar toda la dolorosa y humana realidad de las divisiones, y de
nuevo se encontrarán en aquella comunidad de la Iglesia que Cristo forma
incesantemente en el Espíritu Santo, a pesar de todas las debilidades y
limitaciones humanas.
En suma, la comunión de oración lleva a mirar
con ojos nuevos a la Iglesia y al cristianismo. En efecto, no se debe olvidar
que el Señor pidió al Padre la unidad de sus discípulos, para que ésta fuera
testimonio de su misión y el mundo pudiese creer que el Padre lo había enviado
(cf. Jn 17, 21). Se puede decir que el movimiento ecuménico haya partido en
cierto sentido de la experiencia negativa de quienes, anunciando el único
Evangelio, se referían cada uno a su propia Iglesia o Comunidad eclesial; una
contradicción que no podía pasar desapercibida a quien escuchaba el mensaje de
salvación y encontraba en ello un obstáculo a la acogida del anuncio evangélico.
Lamentablemente este grave impedimento no está superado. Es cierto, no estamos
todavía en plena comunión. Sin embargo, a pesar de nuestras divisiones, estamos
recorriendo el camino hacia la unidad plena, aquella unidad que caracterizaba a
la Iglesia apostólica en sus principios, y que nosotros buscamos sinceramente:
prueba de esto es nuestra oración común, animada por la fe. En la oración nos
reunimos en el nombre de Cristo que es Uno. El es nuestra unidad.
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