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Evangelio según San Juan 15,9-17.
Como el Padre
me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis
mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de
mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho todas estas cosas para que mi
alegría esté en ustedes y su alegría sea completa.
Este es mi mandamiento:
que se amen unos a otros como yo los he amado.
No hay amor más grande que dar
la vida por sus amigos,
y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les
mando.
Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su
pa trón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de
mi Padre.
Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes
y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca. Así es como el
Padre les concederá todo lo que le pidan en mi Nombre.
Amense los unos a los
otros: esto es lo que les mando.
Extraído de la Biblia
Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Pablo VI (1897-1978), papa 1963-1978
Audiencia general, 12 de junio
1974
Hoy fijamos nuestro pensamiento en un aspecto propio de
Pentecostés: la animación sobrenatural producida por la efusión del Espíritu
Santo en el cuerpo visible, social y humano de los discípulos de Cristo. Este
efecto es la perenne juventud de la Iglesia... La humanidad que forma la Iglesia
está bajo los influjos del tiempo, está encerrada, sepultada en la muerte; pero
esta realidad no suspende ni interrumpe el testimonio de la Iglesia en la
historia a lo largo de los siglos. Jesús lo anunció y lo prometió: “Yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Lo dio a entender a
Simón dándole un nombre nuevo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16,18).
Uno
puede objetar enseguida, como tanta gente de hoy día: Quizá sí, la Iglesia es
permanente, ya que existe desde hace dos mil años, pero que, justamente por ser
tan antigua, está envejecida... La Iglesia, dicen, es venerable por el hecho de
su antigüedad..., pero no vive del soplo actual y siempre nuevo de la juventud.
Ya no es joven. ¡Es una objeción fuerte!... Haría falta un tratado extenso para
responder a ella. Para los espíritus abiertos a la verdad, sin embargo, bastaría
con decir que esta perennidad de la Iglesia es sinónimo de juventud. “Es obra
del Señor y es realmente admirable.” (Mt 21,42). La Iglesia es
joven.
Lo más asombroso es que el secreto de su juventud es su
persistencia inalterable en el tiempo. El tiempo no hace envejecer a la Iglesia.
La hace crecer, la estimula hacia la vida y la plenitud... Ciertamente, todos
sus miembros mueren como todos los mortales, pero la Iglesia, como tal, no sólo
tiene un principio invencible de inmortalidad más allá de la historia, sino que
posee también una fuerza incalculable de renovación.
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