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Evangelio según San Juan 16,12-15.
Aún tengo
muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora.
Y cuando
venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la
verdad. El no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y
les anunciará lo que ha de venir.
El tomará de lo mío para revelárselo a
ustedes, y yo seré glorificado por él.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por
eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a
ustedes.»
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
Concilio Vaticano
II
Constitución dogmática “Lumen Gentium” § 4 y 12
El es el Espíritu de vida, la fuente de agua que mana para la
vida eterna. (Jn 4-14). Por él, el Padre da la vida a los hombres, muertos por
el pecado, hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales (Rom 8,11). El
Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los creyentes como en un
templo (1 Cor 3,16), ora en ellos y da testimonio de que son hijos adoptivos.
(Gal 4,6) El conduce la Iglesia a la verdad total, la une en la comunión y el
servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y
la adorna con sus frutos. Con la fuerza del evangelio, el Espíritu rejuvenece a
la Iglesia, la renueva sin cesar y la lleva a la unión perfecta con su Esposo.
En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (Ap
22,17)...
La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo
(cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa
peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el
pueblo cuando «desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos» presta su
consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres. Con este sentido de la
fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el Pueblo de Dios se adhiere
indefectiblemente “a la fe confiada de una vez para siempre a los santos” (Judas
3), penetra más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena
aplicación en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio, sometiéndose al
cual no acepta ya una palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf.
1 Ts 2,13).
Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y
dirige al Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los ministerios y lo llena
de virtudes. También reparte gracias especiales entre los fieles de cualquier
estado o condición y distribuye sus dones a cada uno según quiere (1Cor 12,11).
Con esos dones hace que estén preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o
ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia, según
aquellas palabras: “A cada uno... se le da la manifestación del Espíritu para el
bien común” (1Cor 12,7).
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