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Evangelio según San Lucas 18,9-14.
Y
refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo
también esta parábola:
"Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era
fariseo y el otro, publicano.
El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te
doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y
adúlteros; ni tampoco como ese publicano.
Ayuno dos veces por semana y pago
la décima parte de todas mis entradas'.
En cambio el publicano,
manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo,
sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy
un pecador!'.
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero
no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla
será ensalzado".
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de
Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Santa
Teresa del Niño Jesús (1873-1897), carmelita descalza, doctora de la Iglesia
Manuscrito autobiográfico C, 36rº-vº
Esa es mi oración; pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su
amor, que me una estrechamente con él, que sea él quien actúe y viva en mí.
Siento que cuanto más el fuego del amor encenderá mi corazón, tanto más diré:
“Atráeme”, cuanto más las almas se me acercarán (pobre desecho de hierro inútil
si me alejara de la hoguera divina), las almas correrán más rápidamente atraídas
por el olor de los perfumes de su Amado (Ct 1,4 LXX)...
Madre
querida, quisiera ahora deciros qué es lo que entiendo cuando digo olor de los
perfumes del Amado. Puesto que Jesús subió al cielo, no le puedo seguir más que
siguiendo las huellas que él ha dejado, pero, ¡qué luminosas son estas huellas,
cuan perfumadas están! No tengo que hacer otra cosa que poner mis ojos en el
santo Evangelio, enseguida respiro los perfumes de la vida de Jesús y sé por
donde debo correr. No es en el primer lugar, sino que me lanzo hacia el último;
en lugar de adelantarme, como el fariseo, repito, llena de confianza, la humilde
plegaria del publicano. Pero sobre todo imito la conducta de María Magdalena; su
maravillosa, o mejor, su amorosa audacia, que hace las delicias del Corazón de
Jesús, seduce al mío.
Sí, siento en mí que, aunque pesaran sobre
mi conciencia todos los pecados que se pueden cometer, con el corazón roto por
el arrepentimiento iría a refugiarme en los brazos de Jesús, porque se muy bien
cuánto ama al hijo pródigo que regresa a él. No es porque el buen Dios, en su
solícita misericordia, ha preservado a mi alma del pecado mortal que me levanto
hacia él por la confianza y el amor.
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