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Evangelio según San Mateo 20,17-28.
Cuando Jesús
se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino
les dijo:
"Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser
entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte
y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y
crucificado, pero al tercer día resucitará".
Entonces la madre de los hijos
de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para
pedirle algo.
"¿Qué quieres?", le preguntó Jesús. Ella le dijo: "Manda que
mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu
izquierda".
"No saben lo que piden", respondió Jesús. "¿Pueden beber el
cáliz que yo beberé?". "Podemos", le respondieron.
"Está bien, les dijo
Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi
izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se
los ha destinado mi Padre".
Al oír esto, los otros diez se indignaron contra
los dos hermanos.
Pero Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que los
jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su
autoridad.
Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera
ser grande, que se haga servidor de ustedes;
y el que quiera ser el primero
que se haga su esclavo:
como el Hijo del hombre, que no vino para ser
servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud".
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Agustín
(354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Discurso sobre los Salmos, Sal. 121
En los “Salmos de las subidas” el salmista suspira por Jerusalén
y dice que quiere subir a la ciudad santa. ¿Dónde quiere subir? ¿Desea llegar al
sol, a la luna, a las estrellas? No. La Jerusalén celeste está en el cielo, allí
donde habitan los ángeles, nuestros conciudadanos (Hb 12,22). En esta tierra
estamos en exilio, lejos de ellos. En el camino del exilio, suspiramos; en la
ciudad exultaremos de gozo.
A lo largo de nuestro viaje encontramos
compañeros que ya han visto esta ciudad y nos animan a correr hacia ella. Han
provocado que el salmista lance un grito de alegría: “Qué alegría cuando me
dijeron: Vamos a la casa del Señor” (Sal. 121,1)... “Iremos a la casa del
Señor”: corramos pues, corramos puesto que llegaremos a la casa del Señor.
Corramos sin cansarnos; allí no hay cansancio. Corramos hacia la casa del Señor
y exultemos de gozo con los que nos han llamado a ir allá, aquellos que han sido
los primeros en contemplar nuestra patria. Y de lejos gritan a los que les
siguen: “¡Iremos a la casa del Señor; caminad, corred!” Los apóstoles han visto
ya esta casa y nos llaman: “¡Corred, caminad, seguidnos! ¡Iremos a la casa del
Señor!”
¿Y, qué es lo que responde cada uno de nosotros? “Me alegro
por lo que me han dicho: Iremos a la casa del Señor”. Me he alegrado en los
profetas, me ha alegrado en los apóstoles, porque todos nos han dicho: “Vamos a
la casa del Señor”.
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