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Evangelio según San Juan 8,1-11.
Jesús fue al
monte de los Olivos.
Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a
él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le
trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en
medio de todos,
dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en
flagrante adulterio.
Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de
mujeres. Y tú, ¿qué dices?".
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de
poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el
dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que
arroje la primera piedra".
E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en
el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro,
comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía
allí,
e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores?
¿Alguien te ha condenado?".
Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco
te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Beato Juan Pablo
II (1920-2005), papa
Encíclica “Dives in misericordia”, §2 (trad. ©
copyright Librería Editrice Vaticana rev.)
“A Dios nadie lo ha visto”, escribe San Juan para dar mayor
relieve a la verdad, según la cual “precisamente el Hijo unigénito que está en
el seno del Padre, ése le ha dado a conocer” (Jn 1,18)... Revelada en Cristo, la
verdad acerca de Dios como “Padre de la misericordia”, (2Co 1,3) nos permite
“verlo” especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está
amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad. Debido a esto,
en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos
ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi
espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son ciertamente impulsados a
hacerlo por Cristo mismo, el cual, mediante su Espíritu, actúa en lo íntimo de
los corazones humanos. En efecto, revelado por El, el misterio de Dios “Padre de
la misericordia” constituye, en el contexto de las actuales amenazas contra el
hombre, como una llamada singular dirigida a la Iglesia.
En la
presente Encíclica deseo acoger esta llamada; deseo recurrir al lenguaje eterno
—y al mismo tiempo incomparable por su sencillez y profundidad— de la revelación
y de la fe, para expresar precisamente con él una vez más, ante Dios y ante los
hombres, las grandes preocupaciones de nuestro tiempo.
En efecto, la
revelación y la fe nos enseñan no tanto a meditar en abstracto el misterio de
Dios, como “Padre de la misericordia”, cuanto a recurrir a esta misma
misericordia en el nombre de Cristo y en unión con El ¿No ha dicho quizá Cristo
que nuestro Padre, que “ve en secreto”(Mt 6,4), espera, se diría que
continuamente, que nosotros, recurriendo a El en toda necesidad, escrutemos cada
vez más su misterio: el misterio del Padre y de su amor?
Deseo pues
que estas consideraciones hagan más cercano a todos tal misterio y que sean al
mismo tiempo una vibrante llamada de la Iglesia a la misericordia, de la que el
hombre y el mundo contemporáneo tienen tanta necesidad. Y tienen necesidad,
aunque con frecuencia no lo saben.
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