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Evangelio según San Lucas 11,29-32.
Al ver Jesús
que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: "Esta es una generación malvada.
Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás.
Así como Jonás fue un
signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta
generación.
El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los
hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de
la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más
que Salomón.
El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra
esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación
de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.
Extraído de la
Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del
Evangelio por :
San Rafael Arnáiz Barón (1911-1938), monje trapense
español
Escritos espirituales, 14/12/1936
Para dedicarse a un arte..., para profundizar en una ciencia, el
espíritu necesita soledad y aislamiento, necesita recogimiento y silencio. Ahora
bien, para el alma enamorada de Dios, para el alma que ya no ve más arte ni más
ciencia que la vida de Jesús, para el hombre que ha encontrado en la tierra el
tesoro escondido (Mt 13,44), el silencio no le basta, ni su recogimiento en
soledad. Le es necesario ocultarse a todos, le es necesario ocultarse con
Cristo, buscar un rincón de la tierra donde no lleguen las profanas miradas del
mundo, y allí estarse a solas con su Dios.
El secreto del Rey (Tb
12,7) se mancha y pierde brillo al publicarse. Ese secreto del Rey es el que hay
que ocultar para que nadie lo vea. Ese secreto que muchos creerán son
comunicaciones divinas y consuelos sobrenaturales... ese secreto del Rey que
envidiamos en los Santos, se reduce muchas veces a una Cruz.
No
pongamos la luz bajo el celemín, nos dice Jesús (Mt 5,15)... Publiquemos a los
cuatro vientos nuestra fe, llenemos el mundo de gritos de entusiasmo por tener
un Dios tan bueno. No nos cansemos de predicar su Evangelio y decir a todo el
que nos quiera oir, que Cristo murió amando a los hombres, clavado en un
madero... que murió por mí, por ti, por aquel... Y si nosotros de veras le
amamos, no le ocultemos... no pongamos la luz que puede alumbrar a otros, debajo
de un celemín.
Más en cambio, bendito Jesús, llevemos allá adentro y
sin que nadie se entere, ese divino secreto... ese secreto que Tú das a las
almas que más te quieren... esa partecica de tu Cruz, de tu sed, de tus espinas.
Ocultemos en el último rincón de la tierra nuestras lágrimas, nuestras penas y
nuestros desconsuelos... Ocultémonos con Cristo para sólo a El hacerle partícipe
de lo que, mirándolo bien, sólo es suyo: el secreto de la Cruz. Aprendamos de
una vez, meditando su vida, en su Pasión y en su muerte, que sólo hay un camino
para llegar a El..., el camino de la santa Cruz.
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