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Evangelio según San Lucas 4,24-30.
Después
agregó: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.
Yo
les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando
durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo
el país.
Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda
de Sarepta, en el país de Sidón.
También había muchos leprosos en Israel, en
el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el
sirio".
Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se
enfurecieron
y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un
lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención
de despeñarlo.
Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Juan
Crisóstomo ( c 345-407), sacerdote en Antioquía, después obispo de
Constantinopla, doctor de la Iglesia
Sermón sobre Elías, la viuda y la
limosna; PG 51, 348
La viuda de Sarepta acoge al profeta Elías con toda generosidad y
agota toda su pobreza en su honor, aunque sea un extranjero de Sidón. Jamás
había escuchado lo que dicen los profetas sobre el mérito de la limosna, y menos
todavía la palabra del Cristo: " Tuve hambre y me disteis de comer " (Mt
25,35).
¿Cuál será nuestra excusa, si después de de tales
exhortaciones, después de la promesa de recompensas tan grandes, después de la
promesa del Reino de cielos y de su felicidad, no alcanzamos el mismo grado de
bondad que esta viuda? Una mujer de Sidón, una viuda, encargada del cuidado de
una familia, amenazada por el hambre y que ve venir la muerte, abre su puerta
para acoger a un hombre desconocido y le da la poca harina que se le
queda...
¿Pero nosotros, que hemos sido instruidos por los profetas,
que escuchamos las enseñanzas de Cristo, que tenemos la posibilidad de
reflexionar sobre el futuro, que no estamos amenazados por el hambre, que
poseemos mucho más que esta mujer, tendremos excusa, si no nos atrevemos a
compartir nuestros bienes? ¿ Descuidaremos nuestra propia
salvación?...
Manifestemos pues hacia los pobres una gran compasión,
con el fin de ser dignos de poseer para la eternidad los bienes futuros, por
gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo.
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