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Evangelio según San Juan 5,31-47.
Si yo diera
testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría.
Pero hay otro que da
testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.
Ustedes mismos
mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.
No es que
yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de
ustedes.
Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido
gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el
de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo
realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió ha
dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su
rostro,
y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él
envió.
Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar
Vida eterna: ellas dan testimonio de mí,
y sin embargo, ustedes no quieren
venir a mí para tener Vida.
Mi gloria no viene de los hombres.
Además,
yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes.
He venido en nombre de
mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese
sí lo van a recibir.
¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican
unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?
No
piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será
Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza.
Si creyeran en Moisés,
también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí.
Pero si no creen
lo que él ha escrito, ¿cómo creerán lo que yo les digo?".
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Concilio Vaticano
II
Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación (Dei Verbum), § 14-16
Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación
de todo el género humano, con singular favor se eligió un pueblo, a quien confió
sus promesas... La economía, pues, de la salvación preanunciada, narrada y
explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios
en los libros del Antiguo Testamento; por lo cual estos libros inspirados por
Dios conservan un valor perenne: "Pues, todo lo que se escribió en el pasado, se
escribió para nuestra enseñanza, a fin de que a través de nuestra paciencia y el
consuelo que dan las Escrituras estemos mantengamos la esperanza" (Rom.
15,4).
La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre
todo, para preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras
la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico. Mas los libros
del Antiguo Testamento manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre,
y las formas de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la
condición del género humano en los tiempos que precedieron a la salvación
establecida por Cristo. Estos libros, aunque contengan también algunas cosas
imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera
pedagogía divina. Por tanto, los cristianos han de recibir devotamente estos
libros, que expresan el sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran
sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del
hombre, y tesoros admirables de oración, y en los que, por fin, está latente el
misterio de nuestra salvación.
Dios, pues, inspirador y autor de
ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está
latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo. Porque, aunque
Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre, no obstante los libros del
Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la proclamación evangélica,
adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento,
ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo.
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