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Evangelio según San Juan 4,43-54.
Transcurridos
los dos días, Jesús partió hacia Galilea.
El mismo había declarado que un
profeta no goza de prestigio en su propio pueblo.
Pero cuando llegó, los
galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en
Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta.
Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún.
Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue
a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo.
Jesús le dijo:
"Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen".
El funcionario le
respondió: "Señor, baja antes que mi hijo se muera".
"Vuelve a tu casa, tu
hijo vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había
dicho y se puso en camino.
Mientras descendía, le salieron al encuentro sus
servidores y leanunciaron que su hijo vivía.
El les preguntó a qué hora se
había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le
respondieron.
El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había
dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia.
Este fue el
segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Anastasio de
Antioquía (c - 599), monje después patriarca de Antioquía
Homilía 5, sobre
la Resurrección de Cristo, 6-9; PG 89, 1358-1362 (trad. breviario, difuntos)
“Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y
muerto” (Rm 14,9). Pero, no obstante, Dios “no es Dios de muertos, sino de
vivos” (Lc 20,38). Los muertos, por tanto, que tienen como Señor al que volvió a
la vida, ya no están muertos, sino que viven, y la vida los penetra hasta tal
punto que viven sin temer ya a la muerte. Como Cristo que, “una vez resucitado
de entre los muertos, ya no muere más”, (Rm 6,9), así ellos también, liberados
de la corrupción, no conocerán ya la muerte y participarán de la resurrección de
Cristo, como Cristo participo de nuestra muerte. Cristo, en efecto, no descendió
a la tierra sino “para destrozar las puertas de bronce y quebrar los cerrojos de
hierro” (Sal. 106,16), que, desde antiguo, aprisionaban al hombre, y para librar
nuestras vidas de la corrupción y atraernos hacia él, trasladándonos de la
esclavitud a la libertad.
Si este plan de salvación no lo
contemplamos aún totalmente realizado —pues los hombres continúan muriendo, y
sus cuerpos continúan corrompiéndose en los sepulcros—, que nadie vea en ello un
obstáculo para la fe. Que piense más bien cómo hemos recibido ya las primicias
de los bienes que hemos mencionado y cómo poseemos ya la prenda de nuestra
ascensión a lo más alto de los cielos, pues estamos ya sentados en el trono de
Dios, junto con aquel que, como afirma san Pablo, nos ha llevado consigo a las
alturas; escuchad, si no, lo que dice el Apóstol: “Nos ha resucitado con Cristo
Jesús y nos ha sentado en el cielo con él”. (Ef. 2,6)
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