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Evangelio según San Juan 5,17-30.
El les
respondió: "Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo".
Pero para los
judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado,
sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre.
Entonces Jesús
tomó la palabra diciendo: "Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí
mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace
igualmente el Hijo.
Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que
hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados.
Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el
Hijo da vida al que él quiere.
Porque el Padre no juzga a nadie: él ha
puesto todo juicio en manos de su Hijo,
para que todos honren al Hijo como
honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.
Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado,
tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la
muerte a la Vida.
Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que
los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán.
Así
como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer
de ella,
y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre.
No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas
oirán su voz
y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán
para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio.
Nada
puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es
justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me
envió.
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Agustín
(354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Sermón
98
“¡Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos, y
Cristo será tu luz!” (Ef 5,14). Comprende de qué muertos se trata cuando oyes
decir: “¡Levántate de entre los muertos!” Incluso de muertos visibles se dice, a
menudo, que duermen; y, verdaderamente, todos duermen por aquél que los puede
despertar. Para ti, un muerto está bien muerto: por mucho que lo golpees, lo
sacudas, no se despierta. Pero para Cristo sólo estaba dormido aquel a quien
ordenó: “¡Levántate!” y, al instante, se levantó (Lc 7,14). Es fácil despertar a
uno que duerme en su cama; pero con mayor facilidad aun, Cristo despierta a un
muerto enterrado... “Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días” (Jn 11,39).
Pero llega el Señor a quien todo le resulta fácil. Frente a la voz del Salvador
no hay ataduras que no cedan; los poderes infernales tiemblan y Lázaro sale
vivo... Por la voluntad vivificante de Cristo, incluso los que ya hace tiempo
que murieron, no están más que dormidos.
Pero Lázaro, una vez salido
del sepulcro, era todavía incapaz de caminar. Por eso el Señor ordenó a sus
discípulos: “Desatadle y dejadlo marchar”. Cristo lo había resucitado; ellos lo
liberaron de sus ataduras. Fijaos en lo que hace el Señor para que alguien
vuelva a la vida: habiendo sido esclavo de la costumbre, escucha las
exhortaciones de la Palabra divina... Los pecadores, vivamente amonestados,
entran dentro de sí mismos, comienzan a repasar su vida y al sentir el peso de
las cadenas de sus malas costumbres, deciden cambiar su forma de vida: ¡vedlos
ya resucitados! Pero, aunque están ya vivos, todavía no pueden caminar; es
preciso que se liberen de sus ataduras; este es el trabajo de los apóstoles: “Lo
que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 18,18).
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