Evangelio según San Mateo 19,16-22.
Luego se le acercó un hombre y le preguntó:
"Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida
eterna?".
Jesús le dijo: "¿Cómo me preguntas acerca de lo
que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple
los Mandamientos".
"¿Cuáles?", preguntó el hombre. Jesús le
respondió: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso
testimonio,
honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu
prójimo como a ti mismo".
El joven dijo: "Todo esto lo he cumplido: ¿qué me
queda por hacer?".
"Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve,
vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el
cielo. Después, ven y sígueme".
Al oír estas palabras, el joven se retiró
entristecido, porque poseía muchos bienes.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Papa Francisco
Homilía del 14/04/2013- Copyright © Libreria Editrice
Vaticana
“El joven se retiró entristecido, porque poseía muchos
bienes”
¿Adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir,
para agradecer, o nos dirigimos a él también para adorarlo? Pero, entonces,
¿qué quiere decir adorar a Dios? Significa aprender a estar con él, a pararse a
dialogar con él, sintiendo que su presencia es la más verdadera, la más buena,
la más importante de todas. Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera
consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de
las cosas consideradas más o menos importantes. Adorar al Señor quiere decir
darle a él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar,
creer – pero no simplemente de palabra – que únicamente él guía verdaderamente
nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos convencidos ante él de
que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, el Dios de nuestra historia.
Esto tiene una consecuencia en nuestra vida: despojarnos de tantos ídolos,
pequeños o grandes, que tenemos, y en los cuales nos refugiamos, en los cuales
buscamos y tantas veces ponemos nuestra seguridad. Son ídolos que a menudo
mantenemos bien escondidos; pueden ser la ambición, el carrerismo, el gusto del
éxito, el poner en el centro a uno mismo, la tendencia a estar por encima de
los otros, la pretensión de ser los únicos amos de nuestra vida, algún pecado
al que estamos apegados, y muchos otros. Esta tarde quisiera que resonase una
pregunta en el corazón de cada uno, y que respondiéramos a ella con sinceridad:
¿He pensado en qué ídolo oculto tengo en mi vida que me impide adorar al Señor?
Adorar es despojarse de nuestros ídolos, también de esos más recónditos, y
escoger al Señor como centro, como vía maestra de nuestra vida.
--------------------------
No hay comentarios:
Publicar un comentario