Evangelio según San Mateo 9,9-13.
Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo,
que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo:
"Sígueme". El se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron
muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos.
Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos:
"¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?".
Jesús, que había oído, respondió: "No son los
sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.
Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia
y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los
pecadores".
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Beda el Venerable (c.673-735), monje benedictino,
doctor de la Iglesia
Homilías sobre los evangelios, I, 21; CCL 122, 149-151
(trad. cf breviario 21/09)
“Sígueme!” (Mt 8,22)
“Jesús vio a un hombre sentado al mostrador de los
impuestos...” Su nombre era Mateo. “Sígueme” le dice. Lo vio más con la mirada
interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y,
porque lo amó, lo eligió, y le dijo: “Sígueme, que quiere decir: “Imítame”. Le
dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice
que permanece en Cristo debe vivir como vivió él (cfr. Jn 2,6)...
Mateo “se levantó y lo siguió”. No hay que extrañarse
del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación
imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y,
dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaban a
aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo
llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para
que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para
que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus
negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible
(Cfr. Mt 6,20).
Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de
Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus
discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y
de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y
verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro
de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el
camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores.
El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la
misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de
conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como
disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este
modo a Dios, quienes lo «ven» así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin
cesar a El. Viven pues in statu conversionis; es este estado el que traza la
componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in
statu viatoris.
Es evidente que la Iglesia profesa la misericordia de
Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, no sólo con la palabra de sus
enseñanzas, sino, por encima de todo, con la más profunda pulsación de la vida
de todo el Pueblo de Dios. Mediante este testimonio de vida, la Iglesia cumple
la propia misión del Pueblo de Dios, misión que es participación y, en cierto
sentido, continuación de la misión mesiánica del mismo Cristo.
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