Evangelio
según San Lucas 10,25-37.
Y entonces,
un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:
"Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?".
Jesús le
preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?".
El le
respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti
mismo".
"Has
respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida".
Pero el
doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta:
"¿Y quién es mi prójimo?".
Jesús volvió
a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó
y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se
fueron, dejándolo medio muerto.
Casualmente
bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.
También pasó
por allí un levita: lo vio y siguió su camino.
Pero un
samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió.
Entonces se
acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso
sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.
Al día
siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole:
'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'.
¿Cuál de los
tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los
ladrones?".
"El que
tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve,
y procede tú de la misma manera".
Extraído de
la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el
comentario del Evangelio por :
Benedicto
XVI, papa de 2005 a 2013
Encíclica
“Deus caritas est”, §15 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana)
“¿Cuál de
los tres… ha sido el prójimo del hombre que cayó en manos de los bandidos?”
La parábola
del buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones
importantes. Mientras el concepto de “prójimo” hasta entonces se refería
esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la
tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un
pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga
necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo,
pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al
prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí
misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene
siempre el deber de interpretar cada vez esta relación entre lejanía y
proximidad, con vistas a la vida práctica de sus miembros.
En fin, se
ha de recordar de modo particular la gran parábola del Juicio final (cf. Mt 25,
31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión
definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se
identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los
desnudos, enfermos o encarcelados. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos
mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Amor a Dios y amor al
prójimo se funden entre sí: en el más humilde, encontramos a Jesús mismo y en
Jesús encontramos a Dios.
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OCTUBRE.....8....2.013
Evangelio
según San Lucas 10,38-42.
Mientras
iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo
recibió en su casa.
Tenía una
hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.
Marta, que
estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: "Señor,
¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me
ayude".
Pero el
Señor le respondió: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas
cosas,
y sin
embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor
parte, que no le será quitada".
Extraído de
la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el
comentario del Evangelio por :
Beata Isabel
de la Trinidad (1880-1906), carmelita descalza
Ultimo
retiro
«María,
sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra»
“Vuestra
fuerza está en el silencio” (cf Is 30,15)… Mantener la fuerza en el Señor, es
hacer la unidad en todo su ser a través del silencio interior, es recoger todas
sus fuerzas para ocuparlas únicamente en el ejercicio de amar; es tener esa
mirada simple que permite que la luz se derrame (Mt, 6,22). Un alma que entra
en discusión con su yo, que está ocupada en sus sensibilidades, que discurre
pensamientos inútiles, un deseo sin importancia, esta alma dispersa sus
fuerzas, no está del todo ordenada a Dios… Todavía hay en ella cosas demasiado
humanas, hay una disonancia.
El alma que
todavía guarda en su reino interior alguna cosa, que todas sus fuerzas no están
“concentradas” en Dios, no puede ser una perfecta “alabanza de gloria” (Ef
1,14); no está en estado de cantar sin cesar el “cántico nuevo”, el gran
cántico del que habla san Pablo, porque la unidad todavía no reina en ella; y,
en lugar de continuar su alabanza a través de todas las cosas con sencillez,
precisa, sin cesar, reunir las cuerdas de su instrumento un poco desperdigadas
por todos lados.
¡Cuán
indispensable es para el alma que quiere vivir ya aquí la vida de los
bienaventurados, es decir, de los seres simples, de los espíritus, esta bella
unidad interior! Me parece que el Maestro se refería a esta mirada cuando
hablaba a María Magdalena de lo “único necesario”. ¡Cómo lo comprendió la gran
santa! La mirada de su alma iluminada por la luz de la fe, había reconocido a
su Dios bajo el velo de la humanidad, y, en el silencio, con sus fuerzas
unidas, “escuchaba la palabra que Él le decía”… Sí, no sabía nada fuera de Él.
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OCTUBRE.....9....2.013
Evangelio
según San Lucas 11,1-4.
Un día,
Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le
dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus
discípulos".
El les dijo
entonces: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga
tu Reino;
danos cada
día nuestro pan cotidiano;
perdona
nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos
ofenden; y no nos dejes caer en la tentación".
Extraído de
la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el
comentario del Evangelio por :
San Cipriano
(c. 200-258), obispo de Cartago, mártir
De la
oración dominical, 8-9,11; PL 4, 523
"La
oración de los hijos de Dios"
He aquí que
el Señor nos dice como debemos de orar: "Padre nuestro que estás en los
cielos". El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su
gracia, dice en prime lugar: "Padre" porque ya ha empezado a ser hijo
"El vino a su casa, dice el Evangelio, y los suyos no le recibieron, pero
a cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios: a aquellos que
creen en su nombre" (Jn.1,11-12) Por esto el que ha creído en su nombre y
ha llegado a ser hijo de Dios debe de comenzar a devolver su gracia
proclamándose hijo de Dios y llamando a Dios Padre que estás en los cielos...
¡Que
grandísima indulgencia y que inmensa bondad del Señor para con nosotros! El ha
querido que ofreciéramos nuestra plegaria a Dios llamándole Padre. Y lo mismo
que Cristo es Hijo de Dios, ha querido que también nosotros llevemos el nombre
de hijos de Dios. Este nombre, de entre nosotros, nadie hubiera osado ponerlo
en la oración si Él mismo no lo hubiera hecho.
Nosotros
debemos recordarnos mutuamente, hermanos amados, y debemos saber que los que
llamamos a Dios Padre, nuestro comportamiento debe ser de hijos de Dios, porque
El se complace en nosotros, como nosotros nos complacemos en El. Conduzcámonos
como templos de Dios (1Co 3,16), y Dios permanecerá en nosotros.
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OCTUBRE....10.....2.013
Evangelio
según San Lucas 11,5-13.
Jesús
agregó: "Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a
medianoche, para decirle: 'Amigo, préstame tres panes,
porque uno
de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle',
y desde adentro
él le responde: 'No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y
yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos'.
Yo les
aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se
levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les
aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá.
Porque el
que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.
¿Hay entre
ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le
pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente?
¿Y si le
pide un huevo, le dará un escorpión?
Si ustedes,
que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del
cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan".
Extraído de
la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el
comentario del Evangelio por :
Papa
Francisco
Homilía del
19/05/2013, para Pentecostés (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana)
Nuestro
Padre del cielo, nos dará el Espíritu Santo, que trae novedad
La novedad
nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos
todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos,
planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto
nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero
hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total
confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las
decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de
nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos
a los suyos.
Pero, en
toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad
—Dios ofrece siempre novedad—, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del
que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra,
aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y
conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el
cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por
la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede
con frecuencia en nuestro tiempo.
La novedad
que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos
da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre
quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de
Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos
decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o
nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de
respuesta?
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