Evangelio según San Lucas 7,1-10.
Cuando Jesús terminó de decir todas estas cosas al
pueblo, entró en Cafarnaún.
Había allí un centurión que tenía un sirviente
enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho.
Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos
judíos para rogarle que viniera a curar a su servidor.
Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con
insistencia, diciéndole: "El merece que le hagas este favor,
porque ama a nuestra nación y nos ha construido la
sinagoga".
Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la
casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: "Señor, no te molestes,
porque no soy digno de que entres en mi casa;
por eso no me consideré digno de ir a verte
personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.
Porque yo -que no soy más que un oficial subalterno,
pero tengo soldados a mis órdenes- cuando digo a uno: 'Ve', él va; y a otro:
'Ven', él viene; y cuando digo a mi sirviente: '¡Tienes que hacer esto!', él lo
hace".
Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y,
volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: "Yo les aseguro que ni
siquiera en Israel he encontrado tanta fe".
Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron
al sirviente completamente sano.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Catecismo de la Iglesia Católica
27-30 - Copyright © Libreria Editrice Vaticana
Jesús encuentra la fe en un centurión romano
El deseo de Dios está inscrito en el corazón del
hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de
atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la
dicha que no cesa de buscar… De múltiples maneras, en su historia, y hasta el
día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus
creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos,
meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas
formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser
religioso… Pero esta "unión íntima y vital con Dios" puede ser
olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales
actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo,
la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las
riquezas (cf. Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del
pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador
que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante su llamada (cf.
Jon 1,3).
"Alégrese el corazón de los que buscan a
Dios" (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no
cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha.
Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la
rectitud de su voluntad, "un corazón recto" (Sal 96,11), y también el
testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.
«Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande
es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida (Sal 144,3; 146,5). Y el hombre,
pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que,
revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el
testimonio de que tú resistes a los soberbios (Sant 4, 6) A pesar de todo, el
hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a
ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho
para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San
Agustín, Confesiones, 1,1, 1).
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