Evangelio según San Lucas 6,20-26.
Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos,
dijo: "¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les
pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque
serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los
excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del
Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la
recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de
ellos trataban a los profetas!
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su
consuelo!
¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos,
porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la
aflicción y las lágrimas!
¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma
manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San León I el Magno (c.400-461), papa 440-461, doctor
de la Iglesia
Sermón 95 ; PL 54, 461
"¡Felices ustedes, los pobres!"
“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos
es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3). No habrá podido pedir que de algunos pobres
la Verdad había querido hablar, diciendo, sí: “Dichosos los pobres”; ella no
había añadido nada sobre el género de pobres que tenía que entender: habrá
parecido antes que, para merecer el Reino de los cielos, bastaría sólo la
indigencia de la que muchos padecen por el efecto de una penosa y dura
necesidad. Pero diciendo: “Dichosos los pobres en el espíritu”, el Señor
muestra que el Reino de los cielos debe ser dado a los que recomienda la
humildad del alma más que la penuria de los recursos.
No puede
dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de
la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente
con la mansedumbre y, en cambio los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia.
Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados
de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se
ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de
caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que
poseen en aliviar la miseria de los prójimos. El don de esta pobreza se
da, pues en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el
hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que
por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes
terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues,
aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni
pone su ambición en acrecentar las
riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo.
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