Evangelio según San Lucas 7,11-17.
En seguida, Jesús se dirigió a una ciudad llamada
Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud.
Justamente cuando se acercaba a la puerta de la
ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del
lugar la acompañaba.
Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: "No
llores".
Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo
llevaban se detuvieron y Jesús dijo: "Joven, yo te lo ordeno,
levántate".
El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se
lo entregó a su madre.
Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a
Dios, diciendo: "Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios
ha visitado a su Pueblo".
El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió
por toda la Judea y en toda la región vecina.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Ambrosio (c 340-397), obispo de Milán y maestro de
San Agustín, doctor de la Iglesia
Tratado sobre el Evangelio de san Lucas, 5, 89, 91-92
“Joven, yo te lo ordeno, levántate”
Lo
mismo que los síntomas de la muerte
quitan toda esperanza de vida, lo mismo que los cuerpos de los difuntos mueren
después en la tumba, sin embargo, a la voz de Dios, los cadáveres listos a su
descomposición se levantarán, reconociendo la palabra; el hijo es devuelto a su
madre, ha vuelto de la tumba, ha sido arrancado. ¿Qué tumba le retiene? Tus
malas costumbres, tu falta de fe. Es de la tumba que Cristo te ha liberado, de
esa tumba tú resucitarás, si escuchas la Palabra de Dios. Lo mismo si tu pecado
es grave y no puedes limpiarlo por las
lágrimas de tu arrepentimiento, la Iglesia, tu madre, llorará por ti, ella que
interviene por cada uno de sus hijos como una madre viuda por su único hijo.
Pues ella comprende por una clase de sufrimiento espiritual lo que es natural,
cuando ella ve que sus hijos son arrastrados hacia la muerte por sus vicios
funestos...
Qué llora
por tanto, esta piadosa madre: que una multitud la acompaña, no solamente una
multitud, sino una multitud considerable compadece a esta tierna madre.
Entonces tú resucitarás en tu tumba, tú serás liberado; tus portadores se
detendrán, y podrás decir palabras de vivos, todos quedarán estupefactos. El
ejemplo de uno solo corregirá a muchos y
ellos alabaran a Dios de haber tenido tales remedios para evitar la
muerte.
«Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande
es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida (Sal 144,3; 146,5). Y el hombre,
pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que,
revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el
testimonio de que tú resistes a los soberbios (Sant 4, 6) A pesar de todo, el
hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a
ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho
para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San
Agustín, Confesiones, 1,1, 1).
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