Evangelio según San Lucas 4,31-37.
Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba
los sábados.
Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque
hablaba con autoridad.
En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por
el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza;
"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has
venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal
de este hombre". El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de
todos, sin hacerle ningún daño.
El temor se apoderó de todos, y se decían unos a
otros: "¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los
espíritus impuros, y ellos salen!".
Y su fama se extendía por todas partes en aquella
región.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San [Padre] Pio de Pietrelcina (1887-1968), capuchino
Epistolario 3, 626 y 570; CE 34
«¡Sal de este hombre!»
Las tentaciones no deben asustarte; es a través de
ellas que Dios quiere probar y fortificar tu alma, y él te da, al mismo tiempo,
la fuerza para vencerlas. Hasta aquí tu vida ha sido la de un niño; desde ahora
el Señor quiere tratarte como adulto. Ahora bien, las pruebas de un adulto son
muy superiores a las de un niño, y esto explica porque tú, al principio te has
turbado tanto. Pero la vida de tu alma pronto recuperará su calma, eso no va a
tardar. Ten aún un poco de paciencia, y todo ira mejorando.
Deja,pues,caer estas vanas aprehensiones. Acuérdate de
que no es la sugestión del Maligno el que hace la falta sino más bien el
consentimiento que se da a estas sugestiones. Solamente una voluntad libre es capaz del bien y del
mal. Pero cuando la voluntad gime por el efecto de la prueba infligida por el
Tentador, y cuando ella no quiere lo que éste le propone, no solamente no hay
falta sino que es virtud.
Guárdate mucho de caer en una agitación cuando luchas
contra tus tentaciones, porque esto no
haría sino fortificarlas. Es necesario tratarlas con desprecio y no ocuparte
más de ellas. Vuelve tu pensamiento hacia Jesús crucificado, su cuerpo puesto
entre tus brazos y di: «¡Esta es mi esperanza, la fuente de mi gozo! Me uno a
él con todo mi ser, y no te dejaré hasta que no me hayas dado seguridad»
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