Evangelio según San Lucas 7,31-35.
¿Con quién puedo comparar a los hombres de esta
generación? ¿A quién se parecen?
Se parecen a esos muchachos que están sentados en la
plaza y se dicen entre ellos: '¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron!
¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!'.
Porque llegó Juan el Bautista, que no come pan ni bebe
vino, y ustedes dicen: '¡Ha perdido la cabeza!'.
Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen:
'¡Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores!'.
Pero la Sabiduría ha sido reconocida como justa por
todos sus hijos".
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Beato Juan Pablo II (1920-2005), papa
Carta encíclica "Dives in Misericordia", §
13 - Copyright © Libreria Editrice Vaticana
En la Iglesia Cristo nos llama a la conversión
La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y
proclama la misericordia—el atributo más estupendo del Creador y del Redentor—y
cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de
las que es depositaria y dispensadora. En este ámbito tiene un gran significado
la meditación constante de la palabra de Dios, y sobre todo la participación consciente
y madura en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia o reconciliación.
La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor que es
más fuerte que la muerte (Ct 8,6): en efecto, « cada vez que comemos de este
pan o bebemos de este cáliz », no sólo anunciamos la muerte del Redentor, sino
que además proclamamos su resurrección, mientras esperamos su venida en la
gloria (Cfr. 1 Cor 11, 26; aclamación en el «Misal Romano»). El mismo rito
eucarístico, celebrado en memoria de quien en su misión mesiánica nos ha
revelado al Padre, por medio de la palabra y de la cruz, atestigua el amor inagotable,
en virtud del cual desea siempre El unirse e identificarse con nosotros,
saliendo al encuentro de todos los corazones humanos.
Es el sacramento de la penitencia o reconciliación el
que allana el camino (Lc 3,3; Is 40,3) a cada uno, incluso cuando se siente
bajo el peso de grandes culpas. En este sacramento cada hombre puede
experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más
fuerte que el pecado.
«Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande
es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida (Sal 144,3; 146,5). Y el hombre,
pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que,
revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el
testimonio de que tú resistes a los soberbios (Sant 4, 6) A pesar de todo, el
hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a
ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho
para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San
Agustín, Confesiones, 1,1, 1).
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