Evangelio según San Lucas 9,1-6.
Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad
para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades.
Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a
los enfermos,
diciéndoles: "No lleven nada para el camino, ni
bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno.
Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el
momento de partir.
Si no los reciben, al salir de esa ciudad sacudan
hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos".
Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la
Buena Noticia y curando enfermos en todas partes.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Francisco Javier (1506-1552), jesuita, misionero
Cartas 4 y 5 a San Ignacio de Loyola (trad. cfr
breviaro 03/12)
“Proclamar el reino de Dios”
Desde que he
llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las
aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento… Los
niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que
les enseñaba alguna oración; entonces comencé a darme cuenta de que de ellos es
el reino de los cielos (Mc 10,14). Por tanto, como no podía cristianamente
negarme a tan piadosos deseos, comenzando por la profesión de fe en el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo de los apóstoles y las
oraciones del Padrenuestro y el Avemaría. Advertí en ellos gran disposición, de
tal manera que, si hubiera quien los instruyese en la doctrina cristiana, sin
duda llegarían a ser unos excelentes cristianos.
Muchos, en
estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga
tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa,
principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha
perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con
estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del
cielo y se precipitan en el infierno!»
¡Ojalá
pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello
podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que les han confiado.
Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las
cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y,
dejando de lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a
la voluntad y al arbitrio de Dios, diciendo de corazón: «Señor, aquí me tienes;
¿qué quieres que haga? (Hch 9,10; 22,10) Envíame donde tú quieras, aunque sea
hasta la India.»
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