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Evangelio según San Mateo 11,28-30.
Vengan a mí
todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre
ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y
así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana".
Extraído de la Biblia Latinoamericana.
Leer el
comentario del Evangelio por :
Papa Francisco
Homilía del
19/03/2013, Mensaje de inauguración del pontificado (trad. © Libreria Editrice
Vaticana)
Queridos amigos…, el centro de la
vocación cristiana: es Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar
a los demás, para salvaguardar la creación. Pero la vocación de custodiar no
sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que
antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la
creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y
como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas
de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el
preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los
ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de
nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se
guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el
tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir
con sinceridad las amistades…, En el fondo, todo está confiado a la custodia del
hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los
dones de Dios… Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de
responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y
mujeres de buena voluntad: seamos “custodios” de la creación, del designio de
Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no
dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este
mundo nuestro. Pero, para “custodiar”, también tenemos que cuidar de nosotros
mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida.
Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro
corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas (Lc 6,45):
las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más
aún, ni siquiera de la ternura.
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