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Evangelio según San Mateo 16,13-19.
Jesús se fue
a la región de Cesarea de Filipo. Estando allí, preguntó a sus discípulos:
«Según el parecer de la gente, ¿quién es este Hijo del Hombre?»
Respondieron:
«Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros que eres Elías o Jeremías, o alguno
de los profetas.»
Jesús les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy
yo?»
Pedro contestó: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.»
Jesús le
replicó: «Feliz eres, Simón Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne
ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos.
Y ahora yo te digo: Tú
eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes
de la muerte jamás la podrán vencer.
Yo te daré las llaves del Reino de los
Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en
la tierra quedará desatado en el Cielo.»
Extraído de la Biblia
Latinoamericana.
Leer el comentario del Evangelio por :
San Clemente de Roma, papa del año 90 a 100 aproximadamente
Carta a
los Corintios, 5-7 (trad. cf breviario 30/06)
Dejemos estos ejemplos de [persecución en
el Antiguo Testamento] y vengamos a considerar los luchadores más cercanos a
nosotros; expongamos los ejemplos de magnanimidad que han tenido lugar en
nuestros tiempos. Aquellos que eran las máximas y más legítimas columnas de la
Iglesia sufrieron persecución por emulación y por envidia y lucharon hasta la
muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles: a Pedro que, por una
hostil emulación, tuvo que soportar no una o dos, sino innumerables
dificultades, hasta sufrir el martirio y llegar así a la posesión de la gloria
merecida. Esta misma envidia y rivalidad dio a Pablo ocasión de alcanzar el
premio debido a la paciencia: en repetidas ocasiones fue encarcelado, obligado a
huir, apedreado y, habiéndose convertido en mensajero de la palabra en el
Oriente y en el Occidente, su fe se hizo patente a todos, ya que, después de
haber enseñado a todo el mundo el camino de la justicia, habiendo llegado hasta
el extremo Occidente, sufrió el martirio de parte de las autoridades y, de este
modo, partió de este mundo hacia el lugar santo, dejándonos un ejemplo perfecto
de paciencia. A estos hombres, maestros de una vida santa, vino a agregarse una
gran multitud de elegidos que, habiendo sufrido muchos suplicios y tormentos
también por emulación, se han convertido para nosotros en un magnífico ejemplo…
Todo esto, carísimos, os lo escribimos no sólo para recordaros vuestra
obligación, sino también para recordarnos la nuestra, ya que todos nos hallamos
en la misma palestra y tenemos que luchar el mismo combate. Dejemos, pues, las
preocupaciones inútiles y vanas y pongamos toda nuestra atención en la gloriosa
y venerable regla de nuestra tradición. Tengamos los ojos fijos en lo que es
bueno y agradable a los ojos de nuestro Hacedor, lo que nos acerca a él. Fijemos
nuestra mirada en la sangre de Cristo y démonos cuenta de cuán valiosa es a los
ojos del Dios y Padre suyo, ya que, derramada por nuestra salvación, ha traído
al mundo entero la gracia de la conversión.
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